Como solariego fanático, le apenaban las palabras de don Ramiro; pero como mortal necesitado, las recibía hasta con deleite. Atúvose á este último efecto como más llevadero; y para hacerle más justificable á sus propios ojos y sacar de él todo el partido posible en obsequio á su situación, buscó en nuevas razones de su interlocutor desapasionado la fuerza de que carecía su propio convencimiento.

—Me deja usted atónito con sus noticias,—dijo á don Ramiro, siguiendo su propósito.

—No lo quedé yo menos cuando las adquirí, don Robustiano.

—Según ellas, don Ramiro, el ejemplo que le puse á usted del solariego á quien le destruye su casa un golpe de la adversidad, toma un color enteramente distinto del que yo le daba.

—Yo lo creo.

—Aceptar un noble el préstamo de un villano cuando todos los demás recursos dignos se han apurado inútilmente y cuando el siniestro es irreparable si el préstamo se rechaza, no es ya para el primero una humillación.

—Todo lo contrario.

—¿Tal le parece á usted?

—Con el convencimiento más sólido.

—Y si ese villano tiene un hijo y solicita para éste á su hija de usted al mismo tiempo que ofrece el préstamo, acceder á sus pretensiones, máxime siendo el hijo honrado, me parece una friolera después que sé que los orgullosos de B.* han admitido en su familia á un tratante en carnes.