—Indudablemente. Y aquí donde usted me ve y nadie nos oye, y hablándole con más franqueza que al principio, le diré sin rebozo que si el tabernero honrado y pudiente de nuestro ejemplo solicitara la mano de una de mis hijas, yo le concediera las dos, y hasta las de sus hermanas si la ley me lo permitiera.
—¿Palabra de honor, don Ramiro?
—Palabra de honor, don Robustiano. Pero veo que usted hace mucho hincapié en estos dos supuestos. ¿Pecaría de indiscreto si le preguntara la razón de ello? ¿Quizá se encuentra usted en el caso de tener que decidir algo en ese sentido?
—¡Qué aprensión, don Ramiro! Nada de eso. Verónica, mi única hija, está muy libre hasta la hora presente de tener que elegir ni entre nobles ni entre villanos; y en cuanto á mi casa... ¡bah! está más firme que una roca... salvo una pequeña avería que ha sufrido y, á Dios gracias, repararé sin el auxilio de nadie... Pero pudiera... en el día de mañana... y es conveniente caminar sobre terreno despejado... porque, en fin, ya usted me entiende.
—¡Mucho que sí!
—¿De manera, don Ramiro, que hemos concluído ya los de la sangre azul?.
—Para in sæcula sæculorum.
—Y, por consiguiente, ¡adiós hidalguía, adiós formalidad, adiós buena fe y adiós nobleza!
—Dicen que nos ha sustituído otra de nuevo cuño: la nobleza de los hechos, la aristocracia de la posición, la del dinero.
—¡Nobleza diabólica, aristocracia infernal!