—Pero que no hay más remedio que aceptar.
—¡Primero el suplicio!
—Recuerde usted, don Robustiano, lo que hemos hablado.
—Tiene usted razón: ¡ya no somos nada, nada podemos, nada valemos!
—Es duro, pero es verdad.
—¡Oh, miserable canalla!
—Despréciela usted como yo... y adelante con la vida... Y para hacerla más llevadera, vamos á tomar las once.
—No se moleste usted, don Ramiro.
—Lo hago con el mayor gusto, don Robustiano.
Don Ramiro salió del estrado, y volvió al poco tiempo trayendo en una bandeja deslustrada dos cortadillos, una botella de vino blanco y hasta media docena de bizcochos de soletilla, muy duros y desportillados.