Mientras los dos solariegos se regodeaban con aromático la Nava, abordaron nuevos asuntos de conversación, que maldito el interés inspiraban ya á don Robustiano después de lo que sabía acerca del que allí le había llevado. Así es que procuró abreviar el diálogo todo lo posible y volverse cuanto antes á su pueblo.

Al despedirse le prometió don Ramiro pagarle la visita.

—No le perdonaría á usted que no me honrase con ella,—le respondió don Robustiano.

Y, sin embargo, determinó al mismo tiempo darle un solo de portalada, como de costumbre; pues por más desprestigiada que estuviera la clase, él no se resignaba todavía á mostrar su casa á nadie, máxime desde el percance del día anterior.

Caminando de vuelta á ella iba don Robustiano torturándose el magín para convencerse á sí propio de la necesidad en que se hallaba de aceptar las ofertas de Toribio, y del ningún desdoro que de ello resultaría para su buen nombre. He aquí sus últimas consideraciones:

—«Si todos han prevaricado, ¿á qué conduciría mi inflexibilidad? ¿Quién podrá ya echarme en cara como un delito el recibir los ochavos de Toribio para reedificar mi casa? ¿Quién podrá tomar por agravio al lustre de la clase el enlace de Verónica con Antón? Nadie... Sin embargo, mi propia sangre, mi propio carácter me increpan esos actos como indignos de mí... Pero á estos señores no debo yo prestarles hoy la misma consideración que en tiempos normales. Estoy á pique de quedarme sin hogar, y para restaurarle no puedo contar con el apoyo de mis semejantes... En una palabra, con pan y techo, en mi posición de anteayer, hubiera muerto inmaculado protestando contra la prevaricación de los míos; pero desertados éstos de su campo natural y legítimo, y en mis circunstancias de hoy, puedo y debo, sin sonrojarme, transigir con mis escrúpulos en obsequio á lo apremiante de la necesidad que me abruma».

Se ve, pues, harto clara la inesperada resolución que adoptó don Robustiano á consecuencia de su visita á don Ramiro. Dígolo porque no se sorprendan ustedes al ver cómo se porta nuestro solariego en los párrafos que siguen.

No bien llegó á casa y comió de prisa, y abrasándose el paladar, la bazofia de todos los días, que Verónica había preparado peor que nunca en un fogón improvisado en la leñera, envió un recado á Toribio previniéndole que pasara á verle en seguida.

Zancajos no se hizo esperar y se presentó en el acto en casa de don Robustiano. Mandó éste á Verónica que los dejara solos en el pabellón, y dijo á Mazorcas tan pronto como su hija le hubo obedecido:

—Toribio, tú debes saber que hay algo en el hombre más fuerte que su propia voluntad...