—Sí, señor, el genio,—contestó Zancajos.
—Precisamente, y por eso ayer estuve contigo un poco más severo de lo que yo hubiera deseado.
Toribio recibió con la mayor sorpresa esta satisfacción del altivo solariego.
—Pues pelillos á la mar, don Robustiano—le contestó con afabilidad.—Apuradamente tengo yo un carácter que se pinta solo para no tomar á pechos ciertos desahogos... Conque no se hable más del asunto, y dígame usted en qué puedo servirle.
—Voy allá. Ya sabes la desgracia ocurrida ayer en mi casa: tú la presenciaste.
—Sí, señor.
—Esa desgracia necesita una reparación inmediata.
—Sí, señor. (¿Adónde irá á parar esto?)
—Yo tengo recursos para llevar á cabo esta reparación... ¡no me lo negarás!
—¡Cá, no, señor!