—Pero esos recursos son raíces, propiedades que rinden intereses, mas con lentitud y parsimonia. ¿No es así?

—Mucho que lo es.

—Por lo tanto, no puedo disponer en el acto de la cantidad necesaria para acometer inmediatamente la obra... ¿eh?

—Cabales.

—Luego, que á cuenta de mis fincas, si no alcanzasen mis rentas, proponga yo á Juan ó á Pedro un anticipo, nada tiene de particular.

—¡Qué ha de tener? Y en prueba de ello, vuelvo hoy á poner á su disposición de usted cuanto dinero necesite para el caso.

—Gracias, Toribio... Y para que veas que correspondo dignamente á tu oferta, la acepto desde luego.

El sagaz ricacho, buscando mientras oía y contestaba á don Robustiano el motivo del rápido cambio verificado en éste, recordó de pronto haberle visto cabalgar por la mañana, y no dudó ya un momento, al escuchar sus últimas palabras, que su viaje había tenido por objeto solicitar de algún otro señorón el favor que á él le desdeñó, y que sus propósitos se habían malogrado. No obstante, lejos de tratar de vengarse agravando la situación aflictiva del mísero don Robustiano, acogió su rasgo de abnegación con la más viva alegría. Verdad es que pensaba utilizar el acontecimiento para sus otros conocidos planes.

—¡Bien, candonga! así me gustan á mí los hombres—dijo al solariego,—francos y descubiertos. Pida usted ahora por esa boca, que de fijo será medida.

—En cuanto á garantías...—añadió don Robustiano con repugnancia, temiendo que Zancajos le exigiese en tal sentido una nueva humillación.