—En cuanto á garantías—respondió Toribio con la expansión de siempre,—una sola me basta, don Robustiano.
—¿Cuál?—dijo éste temblando.
—Que toque usted estos cinco.—Y Mazorcas alargó su mano al solariego.
Éste la vió junto á sí como si viera una culebra; pero sacrificando otra vez sus instintos orgullosos en aras de la necesidad, correspondió á los deseos del jándalo tocándole apenas los cinco robustos dedos de la diestra con los de la suya, fríos, enjutos, largos y afilados, diciendo al mismo tiempo:
—Toco y estimo.
—Ahora va lo grave,—pensó Mazorcas. Y sin estar muy seguro de no encolerizar de nuevo á don Robustiano, le dijo con sumo cuidado:—En cuanto á cantidad, usted la fijará, así como el momento de la entrega. Pero antes de tratar de estos puntos secundarios... quisiera yo recordarle otro que dejamos pendiente ayer.
Nuevo efecto de repugnancia en don Robustiano y nuevo sacrificio de su vanidad solariega.
—En cuanto á este asunto—respondió con visible disgusto,—he resuelto que te entiendas con la persona á quien exclusivamente importa en mi casa. Y llamó á Verónica. Zancajos llegó al colmo de su sorpresa.
—¡Poder de la necesidad!—exclamó para sus adentros.
Al obrar así se proponía don Robustiano salvar con la forma lo humillante que en el fondo, y según su juicio, era para él la consumación del proyecto de Toribio. No asintiendo á él con su palabra, creía menos agraviada su dignidad, que, á pesar de sus recientes convicciones, se le revelaba tan soberbia como siempre.