Cuando entró Verónica y la saludó Toribio, se puso más encarnada que cuando Antón le declaró sus amorosos anhelos. Don Robustiano, mordiéndose los labios y pellizcándose la solapa del casaquín, empezó á dar vueltas por el estrecho recinto en que se hallaban.
—Doña Verónica—dijo Mazorcas desde luego,—á mí me consta que usted conoce las intenciones de mi hijo respective á usted, y me consta igualmente que Antón la quiere á usted mucho más que el domingo pasado, ¡y eso que entonces la quería bien! Con estos antecedentes tuve ayer la honra de pedir al señor don Robustiano la mano de usted para mi dicho hijo Antón. Un suceso que usted no habrá olvidado fué la causa de que mi memorial se quedara por entonces sin respuesta; pero hoy han variado las cosas, á Dios gracias, y su señor padre me responde que deja al cuidado y á la discreción de usted el asunto. ¿No es así, señor don Robustiano?
—Sí,—contestó éste refunfuñando y volviéndoles la espalda.
La sorpresa de Verónica al conocer el cambio operado en la voluntad de su padre, fué aún mayor que la de Toribio poco antes.
—Conque usted dirá,—añadió éste aproximándose más á la atortolada muchacha. Pero Verónica no daba lumbres. Se pellizcaba las uñas, se mordía el labio inferior, se balanceaba sobre un pie... y nada más. Por fin, al cabo de un rato y tras de varias excitaciones de Toribio,
—Si mi señor padre es gustoso...—dijo convulsa y mirando de reojo á don Robustiano.
El solariego por toda respuesta dió otro gruñido y aceleró más sus paseos.
—Dice que sí,—gritó Toribio interpretando á su gusto el confuso monosílabo.
—Pues entonces... yo también,—añadió Verónica sudando de vergüenza.
Don Robustiano al oirlo rugió como una pantera; mas trató de refrenar su coraje.