Verónica hacía casi lo mismo en su angosto nicho del solariego pabellón, y hasta las lágrimas se le caían de gusto al ajustar á su talle un precioso vestido de seda y colocar sobre su cabeza delicada guirnalda de flores como los ampos de la nieve; miraba con infantil complacencia los tornasoles de su falda y las ondulaciones de la cadena de oro que le pendía del cuello, y lo pulido de sus zapatos de raso azul... y todo el montón de galas que el rumbo de Zancajos había hecho que le preparasen en Santander en poco más de una semana.
Don Robustiano, no sé si por respeto al pudor de su hija ó por tirria á sus lujosos atavíos, había abandonado el pabellón y recorría meditabundo las ruinas de su palacio.
Y á propósito: no quedaban de éste más que las cuatro paredes, y no completas, pues en la agrietada se había cortado por lo sano, lo cual es tanto como decir que le faltaba la mitad. El tejado, el desván, el piso principal... todo había venido al suelo en pocos días, pues Zancajos se había propuesto hacer una gorda, y esta pieza porque falseaba por el tillado y aquélla por la pared, todas las demolió, contra la intención de don Robustiano, que hubiera querido conservarlas en su primitivo estado, á serle posible. El corral y la castañera estaban llenos de caballetes de aserrar y de montones de argamasa y de sillares á medio pulir, distinguiéndose en el portal y en grupo aparte todos los que contenían escudos de armas, pues éstos se guardaban como oro en paño para ser colocados, á su tiempo, en los lugares que siempre ocuparon en el edificio. En el día á que nos estamos refiriendo, la turba de operarios que allí trabajaba había suspendido sus tareas en atención á la fiesta.
Todo lo que de ella llevamos dicho pasaba cuando aún el sol apenas alcanzaba á dorar la cruz del campanario de la iglesia.
Dos horas más tarde una alegre y pintoresca comparsa salió del corral de Toribio y se dirigió á la portalada vecina. Componíase aquélla de un numeroso grupo de danzantes, bajo cuyos arcos cruzados iban Mazorcas, su hijo y la alcaldesa (luego sabremos qué pito tocaba allí esta señora); detrás de la danza formaban doce cantadoras con panderetas adornadas de dobles cascabeleras, y siguiendo á las cantadoras, un sinnúmero de mozas y mozos de lo más florido del lugar. Las inmediaciones de ambas casas estaban ocupadas por una multitud de curiosos. Los cuatro gaiteros abrían la marcha tocando una especie de tarantela muy popular en la Montaña, y á su compás piafaban, graves como estatuas, los danzantes. Cuando las gaitas cesaron, dieron comienzo las cantadoras en esta forma. Seis de ellas, en un tono pausado y lánguido, marcando el compás con las panderetas, cantaron:
—De los novios de estas tierras
aquí va la flor y nata.
Las otras seis, con igual aire y acompañamiento, respondieron:
—Válgale el Señor San Roque[9],
Nuestra Señora le valga.
Luego las doce:
—De los novios de estas tierras
aquí va la flor y nata.
Válgale el Señor San Roque,
Nuestra Señora le valga.