Don Robustiano no halló del todo descabellada la pretensión de Toribio; y como al fin era la menor de las tres humillaciones que llevaba aceptadas en el día, accedió á ella sin gran dificultad.
Zancajos se despidió en seguida y corrió, como había dicho, á llevar á Antón la feliz nueva.
Verónica se quedó en éxtasis, saboreando, sin acabar de comprenderla, su inesperada felicidad.
Don Robustiano, entre tanto, creía ver incrustados en el techo los rostros de sus antepasados que le miraban iracundos fulminando sobre él una tempestad de maldiciones. «¡Caín solariego!»—pensó que le gritaban;—«¿qué has hecho del lustre de tu familia?» Y dominado por esta pesadilla, corría febril por la estancia y sudaba gotas de hiel. Al cabo se rindió á la fuerza de su misma excitación, y al desplomarse desfallecido en el sitial blasonado, dirigió al cielo, desde el fondo de su acongojado corazón, esta plegaria:
—Dios de justicia: si obré con mengua, haz que caiga toda sobre el siglo que me abandona, ¡no sobre mis timbres preclaros! ¡no sobre mí, que sucumbo al rigor del infortunio!
V
Quince días después de estos sucesos, el pueblo en que ocurrieron era teatro de otros de muy distinta naturaleza.
Las puertas y ventanas de la casa de Zancajos estaban festoneadas de rosas y tomillo; las seis mejores guisanderas de los contornos, posesionadas del gallinero, de la despensa y de la cocina, desplumaban acá, revolvían allá y sazonaban acullá, y atizaban la fogata que calentaba á veinte varas á la redonda, y al salirse en volcán de chispas por la chimenea se llevaba consigo unos aromas que hacían chuparse la lengua á toda la vecindad. En un ángulo del corral otras cocineras menos diestras guisaban en grandes trozos seis terneras; improvisábase en el centro una fuente de vino tinto, y se armaba una cucaña en el otro lado. Estallaban en el espacio multitud de cohetes; recorrían las callejas cuatro gaiteros, sacando á sus roncos instrumentos los más alegres aires que dar podían; volteábanse las campanas; los mejores mozos del lugar ponían el relincho en las nubes; las mozas adornaban sus panderos con cintas y cascabeles; el sacristán tendía paños limpios y planchados en el ara del altar mayor, y el maestro de escuela se comía las uñas buscando un consonante que le faltaba para concluir un epitalamio.
Toribio Mazorcas, resplandeciente de oro y charol, iba de la cocina al corral, del corral á la bodega, de la bodega á la fuente, de la fuente á la solana, y daba aquí una orden, allá un coquetazo, en el otro un pellizco, y en todas partes reía y alborotaba.
Antón, atortolado y tembloroso, se vestía en su cuarto, con el esmero de una coqueta, un traje tan rico como flamante, y se miraba al espejo, y se atusaba los rizos, y daba el suspiro que temblaban los cristales de la ventana.