«Versificación de epitalamio en doce pies de verso desiguales, conforme á reglas; discurrida por Canuto Prosodia, maestro de instrucción primaria elemental de este pueblo, y dedicada á la mayor preponderancia, majestad y engrandecimiento de la ilustre Doña Verónica Tres-Solares y su excelso consorte, Don Antonio Mazorcas (vulgo Antón, por apócope), hoy día de sus nupcias ó esponsales, 1.° de septiembre del año corriente de gracia.
Salgan á luz los astros naturales
Y las estrellas,
Y cante la rajuca en los bardales
Y las miruellas;
Que doña Verónica, pues, con don Antonio,
En este día,
Ya las nupcias contrajo, ó matrimonio,
Con sinfonía.—
Que el cielo les derrame bendiciones
Es mi deseo,
Y que tengan los hijos á montones.
Amén.—Laus Deo.»
Mientras éstas y otras cosas pasaban arriba, en el corral se solazaba medio pueblo despachando tajadas de carne y jarros de vino, que era una maravilla. Dos carrales, ó pipas, de lo de Rioja, hacía la fuente, y á las tres de la tarde hubo necesidad de atizarla con otra cuba, porque se estaba apagando ya. De arroz con leche iban á la misma hora siete calderadas engullidas, y de las seis terneras no quedaba más que una pata.
Cuando ésta hubo desaparecido también, y se agotó la fuente y se rebañaron las calderas, se levantaron los tableros que habían servido de mesas, se retiraron los toldos que las amparaban del sol y comenzaron los músicos á darle á las cigüeñas de las gaitas. Esto y media docena de cohetes lanzados al aire, fué la señal del gran jaleo; quiero decir, de trepar á la cucaña y del baile general.
Lanzáronse á ello cuantos podían tenerse de pie, y los que no, panza arriba ó como su hartura y sus mareos se lo permitían, diéronse á relinchar y á victorear á los novios. Éstos, con una parte de los convidados de arriba, salieron entonces al balcón. Y digo que una parte de los convidados, porque los concejales, el maestro y tres comensales más, al ponerse de pie dieron en la manía de que el suelo se tambaleaba, y no habiendo razón que fuese capaz de probarles lo contrario, quedáronse donde estaban apurando unas botellas de Jerez con el buen fin de fortalecer el ánimo para arrostrar mejor la catástrofe que temían. En cuanto al sacristán, así que oyó la bulla del corral se empeñó en ir á echar un repique musical que sabía para las grandes ocasiones; pero no vió logrados sus deseos, porque al ir á empuñar los badajos creyó que las campanas se volteaban solas, asustóse, perdió el poco aplomo que le quedaba, y contó uno á uno con la cabeza y las costillas todos los escalones del campanario.
Entre tanto, siguiendo la gresca en el corral de Toribio, dió la gente en pedir á gritos que «echara un baile» doña Verónica; apoyó Zancajos la pretensión, y no tuvo más remedio la nieta de cien señores «de primer lustre» que zarandearse un poco entre aquella turba de mocetones de buen humor. Mazorcas, Antón y la alcaldesa aplaudieron cada vuelta de la ruborizada Verónica; pero don Robustiano, que había tragado más bilis que chuletas durante la comida, al verse precisado á alternar allí con semejante canalla y sintiendo colmada la medida de su paciencia con la nueva condescendencia indecorosa de su hija, tomó el sombrero y se largó á su casa, sin que hubiera ruegos ni súplicas que alcanzaran á detenerle.
—De todas maneras—dijo á Zancajos,—yo no había de dormir aquí...
—¡Cómo que no? ¡Y yo que le tenía á usted preparada la mejor habitación de mi casa!
—Mientras en la mía quede una teja que me ampare contra la intemperie, no han de reposar mis hidalgos miembros en el hogar ajeno. Te hago la justicia de concederte que es tu intención la mejor del mundo al brindarme con tu casa y al dedicar á mi hija el fausto que la dedicas hoy: aún más, te lo agradezco; pero no deben tus ambiciones llegar hasta el punto de pretender que yo autorice con mi presencia ciertos excesos y transija con otros resabios, incompatibles con mi carácter. Deja el tiempo correr, y entonces veremos si en mi propia casa me es dable aceptar de buen grado lo que hoy, de pupilo en la tuya, me sería intolerable. En el ínterin, la vieja vecina de siempre suplirá en la glorieta la falta de Verónica para aderezarme el frugal sustento. Y á Dios te queda.
No dijo más el inflexible solariego; pero me consta que cuando llegó al viejo pabellón le pareció éste un páramo inmenso, no obstante su pequeñez material; halló su recinto frío, y el color de las paredes más obscuro y triste que de costumbre. Intentando explicarse la causa de aquel fenómeno, fijó su vista en la parda estameña del abandonado vestido de Verónica, y dos gruesas lágrimas le escaldaron las mejillas. Protestó contra tamaña debilidad; mas le fué inútil el recurso, porque entonces vertieron sus ojos mares de llanto, y su pecho oprimido estalló en quejidos de angustia. Por primera vez cayó don Robustiano en la cuenta de que había en su naturaleza algo más que un sentimiento de admiración á su linaje. Treinta años pasados junto á Verónica no habían bastado á dárselo á conocer: un momento de soledad se lo evidenciaba. El orgulloso y fanático Tres-Solares notó en aquellos instantes supremos que la ausencia de su hija angustiaba más á su alma que la pérdida de su palacio blasonado. Jamás se hubiera atrevido á creerlo. Pero sus viejos resabios tenían hondas raíces en su pecho, y hallando en ellas fuerza bastante para resistir por entonces los impulsos del corazón, devoró rebelde su propia amargura en la triste soledad de aquel recinto, antes que ir al ajeno á buscar el consuelo que tanto necesitaba.