Largas y acaloradas discusiones sostiene con la familia á propósito del porvenir de las dos hermosas criaturas. Él quiere que sean jurisconsultos; Antón que ingenieros; Toribio que generales, y emperadores si es necesario; Verónica... que no se los lleven nunca de su lado.
—En todas las profesiones, artes y oficios—concluye siempre el solariego,—cabe lo que más debe ambicionar un padre para su hijo: que sea hombre de bien, y estos niños tienen ya mucho adelantado para serlo como el que más: el no necesitar ocuparse en el modo de adquirir el pan de cada día; tarea peligrosa en la cual se tuercen, al rigor de la necesidad, muchas conciencias de suyo rectas y delicadas, y desmayan no pocos espíritus denodados. Otra ventaja tienen aún de inmensa utilidad, si saben aprovecharla en cuanto vale; un gran libro en que aprender, un ejemplo vivo que imitar: su abuelo Toribio... Sí, amigo mío: tú, mal que pese á tu modestia, sin argumentos pomposos, sin ruidosa palabrería, pero con hechos muy elocuentes, has sido capaz de hacerme comprender, y ahora me deleito en confesarlo, que existe una nobleza más ilustre, más grande, más veneranda que la de la sangre, que la de los pergaminos: la nobleza del corazón.
Después de oir tan claras, tan ingenuas manifestaciones de boca de don Robustiano, y después de contemplar el cuadro de su familia, que acabo de describir rápidamente, ¿qué me resta que decir á mí? Nada, benévolo lector. Hazte, pues, la cuenta, y no te equivocas, de que he concluído; perdona las faltas, y si eres montañés y montañés fidalgo, refrena tu suspicacia y otórgame la justicia de creer que al hablar de don Robustiano y de don Ramiro y de la caterva de solariegos que éstos evocan en su diálogo, así me acordé de tu padre ó de tu abuelo, como del emperador de la China.
NOTAS:
[7] Coloque el lector en este espacio el nombre del pueblo de la Montaña que más adecuado al asunto le parezca, pues yo no me atrevo á hacerlo por mi propia cuenta, conociendo, como conozco la susceptibilidad aprensiva de más de un fidalgo paisano mío.—(N. de la ed. de 1871).
[8] Pronúncielo el lector como está escrito, que así hacía don Robustiano.
[9] La costumbre de cantar de esa manera es aún bastante frecuente en la Montaña; pero más que á los novios en sus bodas suele dedicarse el obsequio á los hijos del pueblo cuando, tras de muchos años de ausencia, vuelven ricos á él, y al Santo patrono, cuando le llevan en procesión. Los dos versos que ponemos en boca del segundo coro, son los que se cantan siempre en tales casos, como estribillo, con la alteración conveniente en el primero, según el Santo de la localidad y objeto del festejo.—(N. de la ed. de 1871).