—No hay generosidad en arrojar la hogaza cuando no se está seguro de no tener que salir después á mendigar un mendrugo de ella.
—En todo caso, ¿quién se opone á la corriente?...
—La prudencia, el viejo criterio.
—No pudo resistirla y abandonó el campo.
—Á una generación más joven, para que con sus bríos y nuestra experiencia utilizase lo bueno del actual sistema; no sus errores, no sus delirios. Eso queríamos y eso han hecho los únicos que en este desconcierto que á tí te arrolla, marchan con pie firme al término que se han propuesto.
—Ya veremos qué camino es el mejor, si el de ellos ó el mío.
—Yo lo tengo bien visto ya. El tuyo es el de la perdición; el otro todo lo contrario.
Y en esto, yo no sé qué aires soplaron en Castilla, que, trasponiendo las cumbres de Reinosa, bajaron al valle, y á su contacto se bamboleó la piedra en que espantado pensaba don Apolinar, y todas las del edificio se removieron: todas, menos unas pocas adheridas aún á la argamasa rancia que sabían batir los viejos comerciantes. El temor de una catástrofe produjo un pánico indescriptible. Hasta entonces las de este género se contaban en Santander como hechos fenomenales, y el temor de que pudiera realizarse una quitaba el sueño todavía á los menos aprensivos y más asegurados.
Al mismo tiempo, las cajas de aquellas sociedades que habían de realizar tantos prodigios, lejos de dar, pedían hasta por Dios, para no fenecer de hambre, consumido ya cuanto en ellas se había depositado; suceso que, como es lógico, se dejó sentir en todas las carteras de la plaza, que mermaron en más de tres cuartas partes del valor del papel que atesoraban. Del vacío resultante vino el desequilibrio natural, y, por consiguiente, el desencadenamiento de la tempestad, que á los primeros embates dió en tierra con la vacilante piedra, la cual se llevó consigo cuantas se hallaban en su inmediato contacto. ¡Allí fué el crujir de los dientes y el temblar de la voz y el maldecir de aquel engrudo que ningún apoyo prestaba á los removidos sillares que trataba de sostener; allí fué el buscar el barro que representaba y por el cual se había trocado en mejores días, y allí fué el negarse los que le tenían á dar una mala paletada de él por todo el inútil fascinador amasijo!
Y siempre creciendo el vacío y cada vez más furiosa la tormenta y más desamparado el edificio, crujió todo él y al cabo se desplomó con horrible estrépito, pereciendo entre sus ruinas hasta el último ochavo, y algo más, del hijo de don Apolinar de la Regatera.