Llegó en esto el día del Santo patrono de su pueblo, y obtuvo permiso de su ama para ir á pasar la fiesta con su familia. Presentóse entre sus antiguas relaciones con aire de taco y, como el jándalo famoso del rastrillo, alardeó de haber olvidado hasta el nombre de los más comunes aperos de labranza, como si hiciera siglos que los había perdido de vista; chilló como una perra apedreada cada vez que tuvo que saltar un charco, y aparentó, brincando con muchos dengues de morrillo en morrillo, no saber andar ya por las callejas; se compadeció de los enfelices que tenían que pasar la vida destripando terrones y comiendo borona; se desdeñó de bailar el periquín en la romería, pretextando que ya no sabía más que al punteao de la ciudad; reprendió á cuantas personas la llamaban Fonsa, advirtiéndoles que debían decir Eldifonsa; llamó á su vez Celipas y Enestasias á las llamadas Lipas y Tanasias, y volvió á salir de su pueblo á las treinta y seis horas de haber entrado en él, dejando medio duro á su padre y asegurando á las amigas de quienes se dignó despedirse que le repuznaba la ordinariez de la aldea.
Otra vez en Santander, continuó progresando en la escuela fregonil y adquiriendo cada día una nueva amistad en fuentes y plazuelas, haciéndose más y más susceptible á las reprensiones de su ama y dándole á cada hora un nuevo motivo de enojo.
Entre tanto, no llevaba más que siete meses de servicio, y el saldo de su cuenta no le alcanzaba para comprar el vestido de merino y las botas de charol que la traían á mal traer, especialmente desde que frecuentaba el trato de una moza que se distinguía entre todas las de su categoría por la variedad de sus trajes y por la frecuencia con que cambiaba de amos.
La tal moza había mostrado siempre una decidida inclinación hacia Fonsa, y no sosegó hasta que se hizo su inseparable compañera de plazas, fuentes y paseos. Ella se tomaba la molestia de arreglar el prendido y los cuatro trapos del vestido de la sencilla cocinera, cada vez que salían juntas; ella le corregía el estilo, así en el decir como en el andar; ella le procuraba las disculpas que había de dar en casa cuando suponía que habían de reñirla por su tardanza; ella le prometía colocaciones á porrillo para cuando se decidiera á enviar enhoramala á su ama; ella, en fin, se mostraba tan cariñosa y tan placentera y servicial con Fonsa, que ésta concluyó por quererla de todas veras y por seguirla á todas partes como una borrega.
En una ocasión se hallaban juntas en la Plaza de la Verdura. Fonsa miraba y admiraba, como de costumbre, el vistoso traje de su amiga, y ésta se dejaba admirar hasta con delectación y como si se propusiera excitar la envidia de aquélla.
—¡Cómo mil diaños te las amañas tú—dijo de pronto Fonsa,—para echarte todos esos amenículos? Yo estoy agorra que agorra, y he espenzao tamién, por consejo vuestro, á ordeñar la compra, y así y todo no me acanza la ganancia pa mercar un par de medias.
—Pues ya te he dicho otras veces—contestó la interpelada,—que yo he dado siempre con buenos amos.
—¡Buenos amos!... ¡y has parao un mes en la casa que más!
—Eso no quita... Y luego dispués, yo te diré... me tocó la lotería.
—¡La lotería!... Entonces voy á echar yo.