Fonsa siguió fregando. Pero á este cantar siguió este otro:
«Alifonsa de mi vida,
prenda de mi corazón
asómate á la ventana,
que debajo espero yo».
El cual cantar dió á entender á Fonsa que si la música no iba con ella, le faltaba muy poco. Otras dos coplas, en las que entraba también el nombre de Alifonsa, persuadieron á ésta de que á nadie más que á ella se dirigía el obsequio. Entonces abrió el balcón de la cocina, se asomó á él y vió, á la luz de una cerilla que encendieron en la calle, la cara de su cortejante; y aunque esta nueva circunstancia no le dejaba la menor duda del objeto de la serenata, el siguiente cantar que se oyó abajo al asomarse ella al antepecho, acabó de confirmarlo:
«Emperatriz de las Indias
quisiera nombrarla yo
á la hermosa cocinera
que se ha asomado al balcón».
Fuése que empezaban á hacer alguna mella en el pecho cerril de Fonsa las finezas de su adorador, ó bien que la música por sí sola la fascinase, lo cierto es que la obsequiada mocetona se estuvo al balcón cerca de media hora escuchando la serenata.
Cuando se retiró de él, después de oir el último cantar, se encontró con que se le había resquemado la cena, con que lo había olido la señora y con que ésta la estaba llamando á gritos diez minutos hacía. Semejante falta fué la primera que cometió Fonsa en casa de sus amos, y también la primera que oyó en ella la dura reprensión que le echó la señora.
Aquella noche durmió muy mal entre los recuerdos de la serenata y los de la subsiguiente reprimenda: los primeros le sabían á miel; pero los segundos le hacían dar en la cama cada revolcón que temblaba la casa.
III
Pasó más tiempo.
Durante él habló Fonsa varias veces con su atento obsequiante, ó mejor dicho, novio; perdió el miedo que le causaban antes la gente y el bullicio de la calle y las pejinas de la fuente; adquirió, por regalo de su señora, una casabeca, y por anticipo sobre su soldada, un vestido de percal rameado y unas botas de lienzo de color de tórtola con trencillas verdes; bailó cuatro tardes en el Reganche; adquirió algunas amigas íntimas entre aquellas mismas criadas veteranas que tanto respeto la infundían al principio, y se convenció de que, á pesar de sus remilgos y casabecas, eran tan bestias como ella; aprendió en su escuela á reirse á gritos sin saber de qué, y á estarse una hora, con la herrada llena sobre la cabeza, diciendo tonterías á otra que tal en medio de la acera; fué tres veces tarde á casa, y llevó por estas tres faltas graves tres sermones en tiple de la señora; volvió á ésta tres respuestas nada reverentes, y por la última de ellas fué conminada con la pena de ser puesta de patitas en la calle si reincidía en semejante falta; habló con sus amigas de este asunto, y quedó convencida de que su ama era gruñona, y además roñosa, porque le trancaba los garbanzos, el azúcar y el chocolate; se atrevió á buscar dos veces casa sin el consentimiento de su familia; se permitió algunas burlas de las aldeanas que llegaban á servir á la ciudad en las mismas condiciones en que había llegado ella poco antes; trocó su aire antiguo de marcha, rígido y empinado como el mango de una escoba, por un exagerado contoneo; soltó el moño tradicional de su recia cabellera para reemplazarle por el moderno rodete, y fijó bien en la memoria las palabras abuja, endimpués, bujero, cudiado, sastinfecho, bolpe, juegar y otras por el estilo del lenguaje fino fregonil, y algunas muletillas de igual procedencia, como ¡Ya baja! ¡Á la vuelta lo venden tinto! ¡Cómo no, morena!... Soy de Orozco y no te conozco, las cuales encajaba á cada momento, pegasen ó no pegasen; y con todos estos adelantos se creyó completamente cepillada y pulida, pero no satisfecha, porque aún no tenía lo que más ambicionaba en la tierra: botas de charol y vestido de merino de lana.