—¿Y qué?

—Que casi todas las coplas las tengo arregladas á él por ser el más corriente; y las que no, se amañan en seguida digiendo Mariquita, ó Mariuca ú otra cosa así. Créelo, es nombre muy socorrido. Al paso que Alifonsa... Vamos, te aseguro que tengo que hacer las coplas casi que de nuevo.

—Todo eso es pantomina y floreo para dorar la píndola; pero como yo no soy hombre que dejo de hacer una fineza por una insinificanza más ó menos, ahí van los dos reales.

—Salú te dé Dios. ¿Y has de ir tú conmigo?

—Pues claro: enfrente de su portal te esperaré: allí me verá ésta.

—No hay necesidá de que te vea, porque yo, en cuanto doble la esquina, empiezo á echar el pasacalle, y ya me sentirás para decirme dónde han de ser los cantares. Conque vete descuidado.

—Pues adiós.

—Adiós.

Aquella misma noche, mientras Fonsa fregaba una cacerola, se dejó oir en la calle, al son de una bandurria bien tañida, este cantar entonado á dúo por las voces de un hombre y de una mujer:

«En este piso segundo
vive la reina tirana
de un corazón que la adora
y estos cantares la manda».