—Islas—añade el erudito un poco asustado ya por la extensión geográfica que van tomando las dudas,—son unos lugares encultos y de mucho matorral; y tan aína las hay acuáticas, como de tierra firme; sólo que entonces se llaman islas Celepinas, porque están en Morería.

Lo mismo queda enterado Pólito de lo que son islas que quedó de lo que eran gentiles; pero como no es cosa de pasar la noche en semejantes explicaciones, se da la duda por aclarada y continúa Tanasio:

—Siendo un pastor de tierra de gentiles, este pastor diz que conocía toa herba del campo y con ellas curaba que tenía que ver. Le dolía á usté salva la parte: le untaba él con la herba del caso, y sanaba usté; que el otro tenía un lubieso: pues, señor, ahí va la herba, y fuera con él al minuto; que el de más allá perecía de tercianas: dábale la herba respetive, y largo las tercianas. De modo y manera es que too el mundo se valía del pastor pa las melicinas, motivao á lo que los cerujuanos y los boticarios de veinte leguas á la redonda no le podían ver.—Pus, señor, sépanse ustedes que este pastor no bajaba al pueblo más que los domingos; y como era buen mozo y manífico bailador, dispués del rosario se iba al corro; y diéndose al corro, no le gustaba jugar á la brisca ni á los bolos; y no gustándole, se pasaba la tarde baila que te baila con una misma moza, respetive á lo que tomáronse los dos mucha ley y conviniéronse en que, malaspenas entrara él en quintas, se habían de casar si no le tocaba soldao. Bueno. Amigos de Dios, évate que una tarde estaba el mi pastor en la sierra toca que toca el caracol, tumbao debajo de una cajiga; encárase con él un caminante de lo más bien portao que podía verse, como que llevaba sombrero fino, bastón de puño de oro, levita y cadena de reló; apárase de pronto el caminante, y dícele de esta manera al pastor:—«Oiga usté, buen amigo, ¿me dirá usté por casualidá ónde para un pastor que dicen que anda por estos lugares y que cura too mal que se le presente?»—«Está usté hablando con él, buen caminante»,—dícele el pastor. Y oyéndolo el otro, salta y le dice:—¿Quiere usté venirse conmigo y ganará too lo que pida?»—«Si no es muy lejos, ya estamos andando».—«Á los palacios del rey».—¿Quién está malo allí?»—«Una hija mía que quiero como á las telas del corazón: dos años lleva en la cama, toos los mejores médicos la han auxiliao, más de tres mil reales van gastaos con ellos, y la muchacha á peor, á peor, á peor. Díjome una adivina que usté sólo me la podía curar, y por buscarle á usté vengo corriendo tierras».—«Y usté ¿quién es?»—saltó entonces el pastor.—«El rey de los gentiles»,—arrespondió el caminante muy aquello. Amigos, el pastor que tal oye, vió su suerte hecha y se risolvió á seguir al rey con el aquél de ganar, por lo que menos, seis mil reales pa librarse del servicio, caso que le tocara quinto. En éstas y en otras, ayudóle el rey á recoger el ganao pa acabar primero, y fuéronse andando, andando, y al cabo de los tres días llegaron á los palacios; y llegando á los palacios, fuéronse á ver á la enferma, que diz que paecía un sol, de maja que era, en aquella cama de plata con colcha sobre-dorá. No hizo el pastor más que echarla una ojeá, y sin tocarla ni cosa anguna, dijo:—«La moza tien esto y lo otro: se le dará tal herba así y de la otra manera, y á los quince días estará tan rebusta como endenantes». Á too esto, al buen pastor se le hospedó en un cuarto alhajao de lo bueno, se le echó un vestido de arriba abajo, como el de un señor prencipal, y se le puso á qué quieres boca, con su puchero de garbanzos con carne del día, su vino de la Nava, de lo mejor, y el azucarillo y el bizcocho tiraos, como el otro que dice, por el suelo. Con estos regalos el pastor, que ya era majo de por suyo, hízose un pasmo de buen mozo; y como entraba tan á menudo en el cuarto de la hija del rey, prendóse ella perdidamente de él. Tanto, que á los ocho días ya le orillaba los pañuelos del bolsillo y le espulgaba. Pus, amigos de Dios, la hija del rey, con éstas y con las otras, á mejor, á mejor y á mejor... como que á los doce días ya salía á tomar el sol á un balcón de cristales que daba á la huerta del palacio. Y saliendo un día al balcón, dice la muchacha al rey:—«Padre, yo estoy prendada del que me ha curao, y si usté es gustoso, me casaría con él». Y dícela el rey (que era bueno y parcialote de suyo), que no tendrá en ello inconveniente; pero con la condición de que no se hará el casamiento mientres que la muchacha no quede sana como un coral; y si, pinto el caso, ella falliciese de resultas de la enfermedá, por recaída, el pastor perecería en la horca. Pus, amigos de Dios, como el pastor estaba bien seguro de las melecinas que daba, firmó el compromiso delante de escribano, sin alcordarse ni pizca de la probe moza que estaba en su lugar esperándole como el agua de mayo. No era esta muchacha sabedora del caso; pero una bruja que era vecina suya, llámala y cuéntaselo todo; con lo que la probe se desafligió como una Magalena. Atento á ello, dícele la condená de la bruja que en su mano tendrá la venganza si la apeticiese; y va y la da un anfilerón y una feguruca á modo de santuco de cera, y la dice:—«Onde tú pinches con este anfilerón en la fegura, le dolerá á la hija del rey; pero ten mucho cuidao, porque si le pincharas el corazón, la otra moriría».

Pus, amigo de Dios, que la moza, deseosa de atrasar el casorio, espienza á pinchar de acá y á pinchar de allá á la fegura, y cátate que al mesmo tiempo espienza la hija del rey «¡ay! que me duele aquí, ¡ay! que me duele en el otro lao», hasta que volvió á caer en cama. El pastor se volvía loco buscando herbas por los praos y no atinaba con el aquél de la recaída. Y no atinando, pasaron así más de dos meses; y pasando más de dos meses, viendo la moza del pueblo que el pastor no llegaba, alteriósele el pulso con las penas, y al ir á pinchar la fegura un poquitín, fuésele la mano y llegó al corazón con el anfiler... En el auto fallició la hija del rey. Y falliciendo la hija del rey, en el mesmo día que se la dió tierra se ahorcó al pastor enfrente de la casa del Ayuntamiento. Corrió la voz del caso, y sabiéndolo la moza fué á los palacios del rey á pedir josticia contra la bruja; y pidiéndola, salieron ceviles por toas partes, cogieron á la pícara y la quemaron juntamente con la fegura de cera; y quemándolas á las dos, se convirtieron en una bandá de enemigos malos que ajuyeron agoliendo á azufre y asolando los campos por onde iban, con el viento y la llama que llevaban consigo mesmos. Á too esto, como el rey no tenía más hija que la defunta, cogió mucha ley á la muchacha aflegida que le pidió josticia; y cogiéndola ley, llevóla á los palacios, y más alante se casó con ella. Siendo la muchacha reina de gentiles, llamó á toos sus parientes y los hizo unos señores, y al que menos de los vecinos de su pueblo le dió cuarenta carros de tierra y una pareja de güeis, y le pagó las contrebuciones por dos años; y siendo ella crestiana y de suyo lista y despabilá, convirtió á toos los gentiles al cabo de los tiempos... y colorín colorao.

—De manera es—dice Pólito,—que too se refiere á un rey que ahorca á la hija, porque un pastor se prenda de una bruja que le curó á él con herba del campo.

—Justo,—se le contesta para acabar primero.

—La historia—objeta Gorio Tejares,—es de suyo manífica; pero creerán ustedes que eso de prendarse una hija de un rey de un mozo seglar, quiero decir, paisano, es panoja de diez libras; pues es cosa muy corriente, y si el mozo es melitar, tanto mejor. Yo, en las tierras que he corrido, he tenido ocasión de verlo; y si hubiera sido, como otros, tentado de la cubicia ú de la vanidá, pudiera haber sacado del uniforme, no diré que una princesa, pero una infanta... en fin, ¡mucho!

Concluida la tanda de cuentos, porque Tanasio cuenta varios, entra la de adivinillas. Éstas las propone siempre el erudito Cencio. Óiganle ustedes.

—Una cosa cosina que Dios adivina: Anda, anda y nunca llega á Miranda.

Tío Ginojo se perece por las adivinillas. Espabílase un poco al oir la primera, frótase los ojos y pregunta: