—¡Calla, ingratona!

—¡Taday, trapacerón!

—¡Olé, rrracataplán!

(Risotada general).

También se paga su tributo á las modas. Un cintajo en el pelo de Sabel, un fruncido nuevo en las mangas del jubón de Clavellina, que al punto llaman la atención de tía Cimiana, bastan y sobran para excitar el entusiasmo artístico de la rústica modista.

—Vaya, que el diañu seis las mozas de ahora. Ca día vos poneis un amenículo nuevo. De modo y manera que una se despistoja, para cortar bien un vestido, y al cabo le salen á usté con que le falta esto y le falta lo otro, y que no está al estilo, y que torna y que vira. ¡María, hija! Endenantes daba gusto: sabía usté que la mejor gala de una moza era la saya de baeta y el jugón de alepín respulgao de pana. De dos tirones amañaba usté los paños de la saya, hilvanaba usté los plegues, la ponía sobre el jergón, y mejor debajo de un colchón si la cama le tenía, dormía usté tres ó cuatro veces encima, y la sacaba usté que daba gloria verla puesta, de cómo caían aquellos plegues. Pero ¡ya te quiero un cuento hoy! ¡El Señor me valga! Ya too el mundo quier el vestío, y tan aína angosto de manga como ancho, tan aína con floriqueteo por las muñecas, como con trencillas por abajo. ¡Como que no pierdo romería ni mercao por el aquél de ver lo que se usa y poder estar al tanto del estilo pa servir á estas chapuceras presomías!... Y entovía rejonfuñan... porque, las condenás de ellas, ca una quier una cosa diferente y trae un antojo destinto... Malos demónchicos vos lleven nunca ni no... que si no fuera porque, aunque me esté mal el decirlo, sé cumplir con mi obligación, muchas veces había de pensar que se me había olvidao coger las tiseras en la mano. Dimpués de too, si habiesis ganao algo en el cambio, juera too por Dios; pero el Señor no mampare si no paicéis sandifesios con los mingorondangos de abora. ¡Josús, hijas, quien vos vió con aquellos rufajos de endenantes tan asentaos al cuerpo y tan plegaos, y quien vos vei con esos etelajes de señoras mal acomparás, que si vos los coge una barda en da que calleja, vos deja esnugas en un periquete... ¡Si vos digo que tien que ver!

Se hace asimismo tal cual excursión por el campo de la política, y entonces lleva la batuta Tanasio.

Tanasio, como carretero, está frecuentemente en Santander, donde tiene por íntimos amigos á dos coraceros, ó descargadores de carros, que le enteran, á su modo, de los sucesos más notables de que ellos tienen noticia. Además, mientras está en un escritorio aguardando que le den una guía ó le paguen otra, no pierde ripio de cuanto allí se habla, si es de política. De esta manera, con datos adquiridos tan á retazos y en fuentes tan heterogéneas, forma el curioso carretero los argumentos de sus narraciones políticas, que son la delicia de tío Selmo, del Polido y de Gorio.

—Y ¿qué se sabe de por esos mundos, Tanasio?—pregunta el primero aprovechando uno de los pocos instantes de silencio en que queda la hila.

—Pus por la presente—dice el interpelado,—mucho paez que hay regüelto al respeuto de guerras.