—Quiere decirse que soniche, ¿no es verdá? Vamos, que cierre el pico.

—Por esta noche, sí.

—Pus sacabó la historia.

—Ello resulta de que no sacarán por ahora más soldaos, ¿no-verdá, Tanasio?—pregunta una de las mujeres.

—Vos digo que no hay ningún cuidao.

—Pus mientras no lleven de casa á los hijos de su madre, y los males se remedien con dinero, vengan males á porrillo y salú nos dé Dios, que, al cabo, de probes no hemos de salir.

Á veces se juegan entre los más aficionados dos cuartos á la baraja, á tres juegos hechos á la brisca ó á la flor de cuarenta. Entonces de cada real que se cruza se deja en fondo un cuarto para pagar la ballena que consume el candil con que se alumbra la hila.

En noches de días festivos, por aquello de que no se puede hilar y de que «donde va la soga que vaya el caldero», se echa un ligero reparto entre los contertulios y se consume en la hila una azumbre de lo tinto, que equivale á dos en sangría, como ha de estar para que lo prueben Sabel y Clavellina, en cuyo obsequio se bautiza y dulcifica siempre el vino.

Y con estos ú otros lances por el estilo y tal cual prefacio que entona Silguero á ruegos de la tertulia, se disuelve ésta todas las noches antes de las once, yéndose cada concurrente en paz y en gracia de Dios á su casa, bendiciendo al primero á quien se le ocurrió la manera de pasar tantas, tan baratas y tan agradables horas al amor de los tizones... uno de los cuales se lleva siempre tío Ginojo, porque dice que, manejándole como él sabe manejarle, no hay lobo que pare en dos leguas á la redonda.

Conque, imparcialísimos lectores, me parece que después de lo que ustedes han visto y han oído en casa de tío Selmo Lombío, no podrán menos de concederme que si haciendo literatura, y música, y política, y galanteos, y chismografía, y sorbiendo y jugando es como mejor se utilizan las largas noches del invierno, á este propósito las hilas de la Montaña no tienen nada que aprender de las soirées del «gran mundo», ni que envidiarles... si no es la pluma de ámbar y batista con que las cantan los Pedro Fernández de la prensa aristocrática.