—Lo fué en sus prencipios—observa Cencio;—pero se convirtió.
—El Señor le ampare,—dice Mari-Juana.
—Amén,—añaden las demás mujeres.
—Pus bueno—continúa Tanasio;—ahora resulta de que como los ensalzaos no quieren entrar, nusotros los españoles paez que estamos abocaos á jurgarlos pa que entren, porque resulta que el francés es poderoso, y el caso es echarle allá los ensalzaos pa que dé cuenta de toos. Por otra parte, diz que estos ensalzaos tienen hasta reyes de herejes que sacan la cara por ellos, y á mi modo de ver el francés se va á ver mal con tantos, y puei que tengamos que darle ayuda. Por eso vos decía que al respeuto de guerras hay por la presente mucho regüelto.
—Y ¿qué le costará al probe labrador too ese laberiento?
—Pus aticuenta que algunos cuartos más de los que hoy paga.
—¿Pero no sacarán soldados cada mes?
—Se cree que no, porque de eso, como ya toa la tropa en España es de cristinos, tenemos sobrao pa hacer frente á toa la extranjería del orbe tirraquio. Toma, pus por eso naide se mete en el mundo con nusotros... salvo los de Morería, que bien caro les costó hace poco.
—¿Que si les costó? ¡María Santísima!—salta Gorio, que guarda como una reliquia la cruz de San Fernando que ganó en los campamentos de Tetuán.—Figúrese usté...
—Mira, Gorio—le interrumpe tío Selmo,—nos lo has contao más de treinta veces y hemos llorao más de seis oyéndolo; pero ya lo sabemos de memoria.