Don Hermenegildo comenzó por dejar el paraguas á la puerta para que el chorro que despedía se largase por el corredor adelante, y el sombrero encima de una silla; luego recogió los pliegues de la capa sobre los muslos y se sentó, dejando ver las flacas pantorrillas hasta cerca de las ligas por debajo de las perneras, que no pecaban de cumplidas; y después de pasarse ambas manos por las greñas para domarlas un poco, miróme de hito en hito, haciendo un horrible gesto, especie de sonrisa con la cual mostró en todos sus detalles las enormes paletas de su arranciada dentadura.
Yo me había sentado en otra silla enfrente de él, y le contemplaba con curiosidad, esperando que me explicara el motivo de su tan apremiante visita. Mas viendo que no comenzaba á hablar y que no cesaba de mirarme y de sonreir,
—Usted dirá, señor don Hermenegildo,—exclamé al cabo para obligarle á entrar en materia.
—Voy allá—me respondió con su voz ronquilla y desagradable.—¿Pero ha visto usted qué tiempo más infernal tenemos? Jé, jé, jé. Desde las cuatro de la mañana, hora en que salí de casa, hasta que he llegado á la de usted, no ha cesado un minuto de llover. Yo pica que pica á la jaca, y el agua cae que caerás.
—¿Por qué no esperó usted á que escampara?
—¡Esperar!... Aunque hubieran caído capuchinos de bronce... ruedas de molino, no dejo yo el viaje... ¡Pues no faltaba más! ¡Jó, jó, jó! Yo soy así. Conque vamos al caso. Yo tenía que venir á Santander á resultas de tres expidientes que andan por acá á punto de resolución, y, á la verdá, lo dejaba, lo dejaba por aquello de que «no por mucho madrugar amanece más temprano», cuando, amigo de Dios, ocúrreme ayer, ¡paño! ese disgusto sin más acá ni más allá, que, vamos, fué como si me plantaran un rejón en seco en metá de la nuca. «Esto no puede quedar así, me dije yo al instante, y aquí tiene que arder Troya, ó pierdo yo hasta el nombre que tengo. Pero ¿por dónde la tomo? torné yo á decir. ¿Me voy al juez de primera instancia y echo á presidio á ese tunante? Esto, si bien desagravia á la ley, no me satisface la corajina, y yo necesito satisfacer la que me ahoga... y mucho más. Por otra parte, el recurso del pleito siempre me queda libre...». Y dale que le das á la cabeza; torna de aquí y vira de allá, resuélvome á sacar á ese hombre á la vergüenza pública, sin perjuicio de encausarle en el día de mañana. ¿Y cómo le saco? Pues, señor, discurre y más discurre otra vez, y cátate que se me pone usté en la mollera y me digo: Ese muchacho es de por suyo dado al impreso, y tiene mucha inclinación á la letra de molde: él va á ser el que me ayude en esta obra de caridad... Porque, ¡sí, señor! una obra de caridad es, y de las más grandes, abichornar en público á ciertos hombres y sacarles las colores á la cara... Conque... ¡jó... jó... jó!... aquí me tiene usté.
Y esto dicho, don Hermenegildo puso los brazos en jarras, irguió su cabecita, abrió cuanto pudo sus ojuelos de rámila, que lanzaban un fulgor irresistible, y volvió á dejar al descubierto los peñascales de su dentadura amarillenta.
Como ustedes pueden figurarse, no quedé de lo más enterado, con la relación hecha por el hijo del colono de mi abuelo, del verdadero motivo de su visita, aunque por lo del rejón y lo de mi afición al impreso y á las letras de molde, y, sobre todo, por los antecedentes que yo tenía del personaje, supuse desde luego que se trataba de uno de los infinitos líos que eran la comidilla de tío Sildo, entre cuyas marañas trataba este peine de enredarme á mí. Roguéle que me explicara más clara y precisamente su pretensión, y continuó de esta manera:
—Usté sabe muy bien que mi padre fué un pobre rentero del difunto abuelo de usté (que esté en gloria). Como yo no disfrutaba de otros bienes que los cuatro terrones que machacaba á medias con el amo, y como, á la verdad, no me tiraba mucho la afición á bregar con el campo, tan aína como aprendí la escuela lo mejor que pude, marchéme á Andalucía. Bueno.—Pues, señor, estuve por allá ocho años pudriéndome la sangre detrás de un mostrador, y al cabo de ellos volvíme á la tierra con ocho onzas ahorradas y alguna experiencia del mundo, que no hay oro con qué pagarla. Cuando llegué al pueblo habíase muerto el maestro, y propusiéronme que enseñara yo la escuela por un tanto, mientras se buscaba la persona que la había de regentar. Dió también la casualidad de que por entonces cayera enfermo, para no sanar nunca, el secretario del Ayuntamiento, y me tiene usté á mí asistiendo en su lugar á todos los actos en que se necesitaba una buena pluma y un regular dictado; comenencias que, aunque me esté mal el decirlo, reunía yo mejor que el más pintado. Como el hombre guardador y hacendoso en todas ocasiones encuentra medios de mejorar su pobreza, sin dejar de ser maestro ni secretario interino, híceme rematante de arbitrios, amén de dos mayordomías que apandé: una del señor conde de la Lechuga, para lo respetive á las posesiones que tiene en la provincia, y otra de las Ánimas benditas, que en aquel entonces tenían en el pueblo un par de fincas morrocotudas. Ya con este pie de fortuna pude picar también en otras especulaciones, con lo cual llegué, como quien dice, á echar raíces en el pueblo, y cátame alcalde de la noche á la mañana... ¡Ay, amigo de Dios! ¡Nunca yo lo hubiera sido! ¡Qué tremolinas, qué laberientos!... Cuando yo cogí la vara, estaba el Ayuntamiento que daba lástima. El depositario se había comido hasta los clavos de la caja; se echaban contribuciones cada mes y recargos cada semana; había un anticipo cada quince días, y con todo y con eso se adeudaban al médico dos trimestres, estaba la casa-escuela sin ventanas y sin atriles y se debían tres puertos, que los vecinos habían pagado, como siempre, adelantados. Traté, según era regular, de poner allí un poco de orden, y empecé por acusar las cuarenta al depositario. Éste y otros actos de justicia me valieron tres palizas y la tirria y mala voluntad de una docena de facinerosos, encubridores de tantas maldades. Cinco años viví haciéndoles toda la guerra que pude y bregando con todo género de desazones; y con todo y con ello, para que al cabo de ese tiempo dejara yo la vara, fué preciso que medio pueblo me la arrancara poco menos que á mordiscos y á puntapiés... Porque, créalo usté, el hombre toma tanta más ley á una cosa cuanto más se la disputan.
—Pero, don Hermenegildo—le interrumpí,—si la administración que precedió á la de usted fué tan mala como ha dicho, no comprendo por qué el pueblo, que debía estar á matar con ella, le despidió á usted, á usted, que quiso ponerla en orden, á mordiscos y á puntapiés.