—Porque... porque... eso consiste en que los aldeanos son así—me respondió don Hermenegildo un tanto contrariado por haber dicho quizá más de lo que debiera.—Cuanto mejor los trata usté—continuó,—menos se lo agradecen. Además, que á esos vecinos que más guerra me hicieron, los compraron los contrarios, y por eso dieron en decir que mi administración había sido más mala que todas las anteriores. ¡Ya ve usté qué barbaridad!
—Efectivamente—repuse en el mismo tono que si lo creyera.—Pero noto que hasta ahora no me ha dicho usted nada que me indique lo que yo tengo que hacer en el asunto que le trae aquí.
—Voy allá de contado. Desde aquella ocasión el depositario, tres regidores, el pedáneo de mi barrio, cuatro mandones que comían con ellos la sangre del lugar, y la porrá de vecinos que se les fueron detrás como burros balleneros, no me han dejado un minuto de sosiego. Fortuna que á mí nunca me han faltado buenos arrimos acá y allá, que si no, Dios sabe lo que hubiera sucedido; porque ha de saber usté que la tirria que me tomaron cuando yo cogí la vara, ha venido hasta hoy creciendo como la espuma.
—Eso es de cajón entre semejante canalla, don Hermenegildo. Pero vamos al caso.
—El caso es que conmigo, en el curso de tanto tiempo, se han hecho herejías... Hoy una paliza al entrar en una calleja; mañana me encontraba al volver á casa con que me habían echado abajo el horno del corral; otro día me amanecían en la cuadra dos vacas con el rabo cortado al rape; otra vez se le daba espita á una cuarterola de vino en la bodega, sin saberse cómo ni por quién; si se corría por el pueblo que una res se había desgraciado en el monte, no había que preguntar de quién era, porque de fijo era mía; y ¡qué se yo cuántas iniquidades á este respetive se han cometido contra mí! Pues bueno: todas ellas las he sufrido, como aquél que dice, con serenidad, y siempre me he conformado con lo que la justicia ha podido hacer, que no ha sido mucho, en reparación de mis agravios... Pero la última, la última partida que se me ha jugado, la última, ¡paño! la última ha podido más que yo y me ha descuajaringado sin poderlo remediar. Figúrese usté, y perdone, que ayer, al ir á concejo, me encuentro con todo el vecindario amontonado junto á la puerta leyendo un papel que había amanecido pegado á ella, y dando cada risotada que metía miedo. Acércome poco á poco á leerle yo también, entérome de lo que decía, y ¡paño! no faltó un tris para que me cayera allí mesmo redondo de coraje y del rézpede que me entró. En seguida, codeando á la gente y echando lumbre hasta por los dientes, arrójome sobre el papel... y aquí está entero para que usté le vea.
Al decir esto don Hermenegildo, convulso y descompuesto, echó mano al bolsillo interior de su chaquetón; sacó de él una enorme cartera de badana amarilla amarrada con un hiladillo azul, y después de revolver muchos papeles que había en ella, tomó uno muy arrugado y me le entregó.
—¡Lea usté!—me dijo, temblándole la voz y centelleándole los ojuelos.
Abrí yo el papel, que era del tamaño de medio pliego y tenía rotas las cuatro puntas por donde había estado pegado, y leí en él lo siguiente, escrito con muy mala letra y con la ortografía que copio:
DECIMA NUEBA Y DEBERTIDA
Cuando á la Pelindongona
la Hecharon los abangelios
Salió gomitando azufre
Trapisonda de Su cuerpo.
Anbre trujo el harrastrao
y se zampó por amuerzo
la Braña del Sel de abajo
que era rriqueza del pueblo.
Quema-casas jué dempues
tamien por trapisondero
y á las ánimas Benditas
llegó á dejarlas en cueros.
Salgamos en portision
Becinos de este lugar,
con la cruz y con el pendon
y conjuremos á ese bribon
dijiendo Quirielison
Cristelison
¡¡Viva la Costitucion!!