—Ya ve usté que eso es una infamia,—gritó don Hermenegildo cuando yo hube concluído de leer el pasquín, que por cierto no carecía de sal y pimienta.
—Sí, señor—le respondí;—pero es una infamia literaria. Si alguno tiene derecho á demandar de injuria al autor, es la literatura nacional.
—¡Cómo qué!—repuso don Hermenegildo enfurecido.—¿No ve usté cómo se me trata en ese papel?
—Sí que lo veo; y por lo mismo, soy de opinión de que no debe usted enfadarse por ello.
—¡Que no debo enfadarme, y se me llama bribón, y quema-casas... y aticuenta que ladrón!... ¡Paño! hombre, por el amor de Dios, ¡que esto ya es mucho!
—Sí; pero se lo llaman á usted de cierta manera...
—Ya; pero me lo llaman.
—¿Y qué? Quien, como usted, ha recibido palizas y todo género de agravios de esa misma gente sin perder su calma habitual, no debe sulfurarse por un pasquín más ó menos.
—Será todo lo que á usté le dé la gana; pero la verdad es que este golpe me ha desplomado más que ninguno, y que necesito hacer lo que nunca he hecho.
—Corriente. En ese caso, ¿qué es lo que usted quiere?