—Contestar diez por uno.
—¿Sabe usted quién es el autor de la... décima?
—Sí, señor: el depositario; conozco su letra. Además, no hay en el pueblo otro más que él que sepa escribir de manera que caiga en copla.
—Bueno. ¿Y qué va usted á decir en la contestación?
—¿Qué voy á decir? Verbo en gracia: «El muy desalmado que ha ofendido mi hombría de bien... ecetra, haría muy bien en callarse si conoce la vergüenza. Sepa todo el orbe de la tierra que la sanijuela del sudor del pobre es él... ecetra. Y si no, que diga adónde fueron los ocho mil reales de que se hizo cargo por la corta de maderas concedida en el monte del lugar al señor conde de la Lechuga, y cuyos ocho mil reales entregué yo mismo al Ayuntamiento. Item: que la obra pía del hospital, de que él es patrono, renta ochocientos ducados, y no hay nunca en aquella casa para dar una taza de caldo á un enfermo. Item: que se han comido entre él y el alcalde que me antecedió y dos que me han seguido después, tres anticipos, cuatro recargos, dos puertos y la capilla de San Roque con todos sus ornamentos. Item: que por el aquél de que estaban rejendías, desritieron entre él y el susodicho alcalde antecesor las campanas de la Iglesia, cobraron á los vecinos el valor de otras nuevas, y hoy es el día en que se toca á misa con un esquilón por no haber campanas; pues el hombre infame que me ha querido injuriar es el causante de este fraude... ecetra...». Todo esto, y mucho más que yo iré apuntando, según usté vaya escribiendo, quiero yo que se ponga en toda regla y que salga de contado en letras de molde en los diarios de esta ciudad. En seguida compro una porrá de impresos y doy uno á cada vecino y planto otro en cada esquina del pueblo.
—¡Caramba, don Hermenegildo! Repare usted que la empresa es delicada, porque son muy graves los cargos que usted quiere hacer.
—Yo lo firmo treinta veces si es preciso.
—Puede costarle á usted muy cara esa firma.
—Tengo recursos para pleitear diez años seguidos; y aunque me quede sin camisa, no me dará maldita la pena con tal de que yo ponga á ese bribón las peras á cuarto.
—Y yo lo creo. Mas, por de pronto, vayámonos con calma, que ha de serle á usted muy conveniente. Dice usted que puede acusar al depositario de todas esas iniquidades que me acaba de enumerar.