—Sí, señor, y de otras muchas.

—Concedido. Pero repare usted que no es ése el mejor medio de dejar sin valor los gravísimos cargos que á usted se le hacen en este papel: los delitos del prójimo no justifican los nuestros. Así, pues, antes de lanzarnos á contestar al depositario, veamos el fundamento que puedan tener sus imputaciones; en la inteligencia de que cuanto más inocente sea usted, tanta mayor fuerza tendrán los cargos que haga á su enemigo.

—¿Será usted capaz de dudar que todo ese papel es un manojo de imposturas, y que yo soy tan hombre de bien como el que más?

—Yo no dudo nada, don Hermenegildo; pero gusto de ver las cuestiones claras.

—Pues también yo, ya que me apura; y por lo mismo, no tengo inconveniente en dar á usté cuantas explicaciones me pida sobre el particular.

—Así me gusta, y vamos al examen... Pero procedamos con orden. El primer cargo que á usted se le hace en el pasquín es haberse almorzado la braña del Sel de Abajo... ¿Qué hay de esto?

—Pues la cosa más sencilla del mundo. Cuando yo fuí alcalde noté que en un bardal muy espeso que había á la bajada del monte, se enredaban algunas ovejas de las que se arrimaban á pacer la yerba que había entre la maleza. Dos de ellas que se quedaron allí sin que el pastor las viera, perecieron por la noche comidas por el lobo. La gente de la aldea, como usté sabe, es de por suyo dejadona y abandonada; así es que, por más que yo decía «tener cuidado con las ovejas, que anda listo el lobo», los pobres animales se enredaban todos los días y quedaban á pique de fenecer. Viendo yo esto, y con ánimo de hacer un beneficio al pueblo, voy ¿y qué hago? cierro el bardal dentro de un vallado, y todo ello sin más retribución que la propiedad de lo cercado.

—Pero más sencillo era haber cortado el bardal, don Hermenegildo.

—Verdad es; pero ese remedio tenía el inconveniente de que mañana ú otro día el bardal volvería á crecer.

—En efecto: es usted hombre previsor.