—Es imposible: estamos todos ligados por una cadena de compromisos de muchísima importancia: hay elector de los míos que va á presidio en cuanto yo diga media palabra.
—¿Y sería usted capaz de decirla?
—En cuanto él sea capaz de faltarme.
—¿Sin remordimiento de conciencia?
—¡Qué conciencia ni qué!... Pues si en elecciones (como en las últimas me decía el candidato mío) se fuera uno á doler de la conciencia por una barbaridad más ó menos, ya podía cerrarse para eneterno el Congreso de los Diputados. Desengáñese usté: los delitos, por gordos que sean, son pecados veniales cuando se cometen electoralmente. ¡Cuánto podría yo contarle á este propósito! Personas bien estruídas, bien portadas y bien buenas conozco yo, y usté quizás también, que han hecho cosas en días de elecciones que al haberlas hecho en tiempos corrientes les hubieran valido un grillete, obrando en buena justicia.
—¿Y por qué no se ha obrado así con ellos?
—Porque era en época de elecciones.
—Es verdad; y ya usted me ha dicho que entonces los delitos no pasan de pecados veniales.
—Cabal.
—¡Que me place esa jurisprudencia! Y mientras los pueblos duermen bajo su amparo tranquilos y felices, continuemos nosotros examinando la cuestión del cierro. Conque siga usted.