La firma era de Su Excelencia, y el sobre dirigido al mismísimo don Hermenegildo Trapisonda. Yo estaba pasmado. ¿Qué podía haber de común entre dos tan heterogéneos personajes? ¿Qué batalla y qué enemigos eran aquéllos que se mencionaban en la carta?
Expliqué mis dudas á don Hermenegildo, y me contestó con aire de cómica y hasta grotesca importancia:
—Pues todo depende en las elecciones.
—¡Ah, ya! Conque porque es usted elector. No había caído en la cuenta. Mas, así y todo, paréceme que por un voto más ó menos...
—¡Un voto!... No está usté mal voto: treinta votos, señor mío, son los que tengo disponibles. Ya ve usté que este número, en un distrito como el mío, que tiene tan poquísimos votantes...
—Comprendo, comprendo... Pero ocúrreseme que cuando caiga esta situación y vengan los otros, perderá usted todo cuanto ahora consiga.
—¡Ya está usté fresco! Cuando vengan los otros me paso á ellos con mis veinte votos y me tiene usté tan campante como ahora.
—De manera que en el distrito nadie le puede toser á usted.
—Sí, señor: cualquiera de mi bando que amenace á Su Excelencia con ponerse enfrente de mí con veintiún votos.
—¿Y si sus veinte votos se le desertan á usted en la hora crítica?