—Nada, nada: un sencillo acuerdo del Ayuntamiento, y al sol. Y desengáñese usté: todo el que quiera hacer un bien á un pueblo, tiene que hacerle así; los expedientes se eternizan en la tramitación y nunca se despachan como es debido.

—Estamos conformes. ¿Y le dejaron á usted gozar en paz la posesión de ese cercado?

—¡En paz! ¡Buenas y gordas! En cuanto dejé la vara le denunciaron á la Administración de Propiedades, y fué al pueblo un investigador y... ¡qué sé yo cuánto ajo me revolvieron! Por aquel entonces no tenía yo, aunque bien relacionado, los arrimos que tengo hoy; así es que el expediente siguió su curso natural, sin que me sirvieran un rábano, para matarle, más de veinte instancias que hice en apoyo de mi derecho.

—¿De modo que al fin le despojaron á usted del cierro?

—¡Quiá! no, señor... en España nunca se acaba la tramitación de un expediente. Informes por acá; dictamen por allá; consulta por el otro lado... Gracias á esto, pasóse una eternidad sin que recayera fallo alguno definitivo; olvidáronse hasta mis enemigos del asunto, y durmióse al cabo en estas ofecinas. Más que por dormido, por muerto le daba yo, cuando, amigo, tres meses hace vuélvese á revolver el potaje, y cátate que se pide que se me despoje de la finca. Por fortuna mía no me encontraron esta vez tan desprevenido como la anterior; y por si acaso no me servía, en apoyo de mi derecho, el tiempo que llevaba en posesión de la finca y el tenerla cultivada como un jardín, voy y escribo á Su Excelencia una carta que echaba lumbres, exigiéndole protección contra el atropello que quería cometerse contra mi propiedad... Aquí está la contestación que tuve pocos días después: la traigo en la cartera para restregarle con ella los hocicos, si no anda derecho, á algún empleado de la Administración adonde voy á ir en cuanto salga de aquí, con el aquél de dejar el asunto arreglado para sinfinito. Vela usté... ¿Dónde mil diablos la he puesto yo? ¡Como tengo tanto papelorio en la cartera!... Aquí está... No, pues no es esto... ¡Toma! ¡jé, jé, jé!... Si es la copia del auto del juez de primera instancia. ¡Pues también tiene que ver este negocio! Es un pleito que sigo hace más de dos años con un convecino. ¿No se empeña el condenado en que he ido metiendo poco á poco en su prado los hisos de uno mío que linda con él, y que le llevo yo apandada la mitad de la finca? Fortuna que no parece la escritura de propiedad y que han sobrado testigos que declaren en mi favor, que si no, me lleva el indino medio prado entre las uñas... Pero, señor, ¿dónde se ha escondido esa carta?... ¡Ajajá! Vela aquí, y con su canto sobredorado, Téngala usté.

—Pero ¿es de Su Excelencia el...?

—Del mismo. Pues qué, ¿sólo ustedes se han de cartear con la gentona? ¡Jojojó!

Y lleno de asombro yo, que apenas he saludado de lejos á un usía, de que aquel tipo extravagante se tratase con un Excelencia, leí los siguientes párrafos en la carta que ya tenía en la mano:

«Difícil, muy difícil, era el asunto que usted me recomendó. Según los antecedentes que pedí, se halla usted completamente al descubierto por haber prescindido de todas las prescripciones legales. No obstante, he dado las órdenes necesarias á fin de que la Administración no pretenda molestarle de nuevo; y en cuanto al investigador, se guardará muy bien de volver á denunciar el cercado. Gócele usted, amigo mío, en paz y en gracia de Dios, sin escrúpulos ni recelos.

«¿Y cómo va eso? ¿Está lista su gente? No olvide usted que se aproxima el día de la batalla y que el enemigo es aguerrido y temible».