—¡Cá! Primero votó.

—¡Demonio!

—Lo que usté oye: votó, y en seguida se fué; pero ya era tarde, porque el fuego había tomado cuerpo, y la casa ardió hasta los cimientos.

—Por supuesto que usted iría á ayudarle inmediatamente.

—Le diré á usté: yo hubiera ido con mil amores; pero no podía separarme mucho de la mesa, porque la elección iba muy reñida; y en el mismo caso se hallaron la mayor parte de los vecinos, unos por votantes y otros por inclinación á éstos... ¡toma! y hasta cuatro guardias, que en cuanto oyeron lo del incendio quisieron ir á apagarle, tuvieron que quedarse al pie, como quien dice, de la mesa, mandados por el alcalde para la conservación del orden. ¿No ve usté que en estas cosas electorales, en cuanto falta el orden y se meten á barullo, se lo lleva todo la trampa? Así es que lo único que yo hice fué buscar testigos de la injuria que había recibido y reclamar en el acto contra el injuriante. Y caro que le salió, por cierto; pues amén de estar á la sombra mucho tiempo, acabó de arruinarse con las costas de justicia.

—Pero ¿y la jurisprudencia aquélla de que son pecados veniales los delitos cuando se cometen electoralmente?... Porque el agravio le recibía usted de boca y mano de un votante y en el acto de ir á votar.

—Todo eso es verdad; pero como nosotros ganamos la elección... y luego el candidato lo tomó tan á pecho... ¡Vaya! como que dijo que la ofensa que á mí se me había hecho era como si se la hubieran hecho á él... Andandito... No, y ello es la verdad que ese señor me aprecia á mí mucho.

—¿De manera que si la elección se pierde, usted se queda con la guantada, y quizá el pobre votante hubiera hallado medio de indemnizarse de los daños que le causó el fuego?

—No le diré á usté que no. Por lo demás, y volviendo á lo que nos interesa, el incendio, aunque creo que no necesito decírselo á usté, fué pura casualidad, sin que tuviera yo más parte en él que en lo de Troya.

—Por supuesto, don Hermenegildo; ¿cómo he de creer yo otra cosa?