—Pues al mismo tenor sucede con lo de las Ánimas benditas, sobre si las dejé ó no las dejé en cueros.

—Efectivamente—dije repasando el pasquín:—ése es otro cargo que se le hace á usted aquí.

—Tan calumnioso como todos los demás; y á la prueba me remito. Como le dije á usté hace rato, yo fuí mayordomo de las Ánimas, y lo fuí seis años. Las dos fincas que tenían en el pueblo, que eran un prado y un molino de dos ruedas, venían á producir, bien administradas, mil y doscientos reales, cantidad que había que invertir en misas y sufragios. Dió la casualidad de que en cuanto yo tomé la mayordomía vino un turbión y se llevó parte de la presa del molino y rompió el eje de una rueda. Procedí, como era natural, á reparar las averías, y subió la cuenta de gastos á cuatro mil reales. Consiguientemente, en cerca de cuatro años no se cantó un responso ni se dijo una misa por las ánimas en la Iglesia del pueblo. Los que me quieren mal tomaron de aquí pie, y dieron en decir que si no se hacían sufragios era porque yo me guardaba el dinero. Enseñé entonces las cuentas, que arrojaban la cantidad que he dicho, y al verlas mis enemigos, empiezan á vociferar que todo ha sido un amaño con el contratista de la obra, porque ésta no podía costar arriba de quinientos reales, supuesto que la presa no había perdido tres carros de piedra, y el eje había quedado servible y podía volverse á colocar. Por aquí se dieron á murmurar; llevé á juicio á unos cuantos; salieron condenados en costas, y á mí me amparó la ley contra toda responsabilidad; pero ¡paño! no ha sido posible hacer callar á todos los que me ladran por detrás, como el bribón del depositario. Y ahí tiene usté explicado todo el aquél del negocio: de manera que se ve, tan claro como el sol, que cuanto se dice en ese papel es una pura calumnia.

Yo supongo que el lector, siguiendo en el diálogo á don Hermenegildo, habrá ido formándose una idea del carácter de éste; mas si así no fuera y esperase mi voto para decidirse... quédese bendito de Dios en su incertidumbre, porque estoy resuelto á no sacarle de ella; y en mi propósito de limitarme á consignar hechos, añado á los conocidos que, al oir las últimas palabras de mi visitante, estuve tentado á plantarle en la escalera sin más explicaciones; pero, reflexionando un momento, opté por hacerlo de otra manera menos violenta, si me era posible.

—Y bien,—dije por decir algo, en un tono que nada tenía de suave.

—Pues nada—me respondió don Hermenegildo, frunciendo los ojuelos y enseñando más mandíbula y más dentadura que nunca;—lo que falta es, ahora que debe usted estar bien convencido de mi inocencia, poner mano á la obra y emperejilarme en el acto la contestación; pero recia y sangrienta... y sin miedo, ¡paño! que yo firmo.

—¿Conque ahora mismo?

—Pues ¿por qué he madrugado yo tanto? Además, que para usté es eso como beberse un vaso de agua.

—Vuelvo á repetirle á usted que no le tiene cuenta meterse en semejante empresa.

—¿Cómo! ¿después de haber oído mis explicaciones me dice usté eso?