—Precisamente porque las he oído.
—¿Es decir, que usté cree que el depositario tiene razón para tratarme así?
—No creo tal, porque nunca la hay bastante para obrar en público como él ha obrado con usted.
—Pues entonces...
—En plata, don Hermenegildo: no le complazco á usted, entre otras razones que debieron haberle evitado á usted la madrugada y el remojón de hoy, porque usted y el depositario tienen, á mi juicio, muy poco que echarse en cara, y á entrambos les conviene mucho callarse la boca si quieren morir en sus propios hogares en paz y en gracia de Dios.
Al oirme hablar así, la carita de don Hermenegildo tomó súbitamente un color amarillo verdoso, sus ojuelos rechispearon en sus obscuras cuencas, tembláronle los enormes labios y crujieron sus dientes. Llevóse luego con coraje ambas manos á la cabeza, atusó dos veces las greñas y se puso de pie, exclamando al mismo tiempo, con una voz muy parecida al silbido de la culebra:
—Conque, según eso, ¿usté cree que tan buena es Juana como su ama?
—Cabalito,—le respondí, levantándome yo también.
—Pues en ese caso... conste que se desoye la voz de un hombre de bien que pide amparo contra un infame; ¡porque yo soy muy hombre de bien!
—Concedido.