—¡Y conste que lo soy tanto como el primero!

—Enhorabuena.

—¡Y conste que usté me ha faltado!

—Corriente; pero conste también, por conclusión, que usted me está sobrando hace mucho tiempo.—Y le señalé la puerta.

—Ya lo veo—replicó don Hermenegildo ensayando, sin éxito, un tono de conmoción.—Deme usté ese papel,—añadió alargando la mano.

—Ahí va el papel,—dije entregándole el pasquín que aún tenía yo entre las mías.

—¡Y decir á Dios que ha de haber hombre que se niegue á dar en público al autor de estas picardías todo lo que se merece!

—Sobre ese punto, vaya usted tranquilo: no faltará quien á él y á usted les haga justicia en esa forma.

—Por de pronto, yo buscaré quién me sirva en lo que usté no ha querido servirme.

—Y en todo caso, cuente usted con Su Excelencia.