—Ya se ve que sí; que por fortuna mía y de la nación, todavía puede mucho.

—Así va ello.

—Usté lo pase bien.

—Vaya usted con Dios.

Y don Hermenegildo, echándome una mirada torcida y rencorosa, calóse con mano trémula el sombrero, cogió el paraguas, arregló, ó más bien, desarregló la capa sobre los hombros, y salió por el corredor como un cohete, arrastrando la espuela y con una pernera del pantalón encogida sobre la pantorrilla. En cuanto llegó á la escalera, cerré yo la puerta y pedí á Dios, de todo corazón, que conservara para siempre en el hijo del colono de mi abuelo el coraje que hacia mí le animaba al despedirse, para que aquélla su visita fuera la última que me hiciera.

PASA-CALLE

Dame tu brazo, lector, ó toma el mío si lo prefieres, y vámonos á matar dos horas que me sobran, brujuleando por las calles de la Muy Noble, Leal y Decidida ciudad; que todos estos títulos ostenta en su ejecutoria la perínclita capital de la Montaña, desde Don Fernando el Santo hasta Echevarría el faccioso, ó, si lo quieres más digerible, desde la toma de Sevilla hasta la «batalla de Vargas». La noche, como de otoño, está serena y apacible; y si bien el gas de los faroles que acaban de encenderse apenas bastaría para hacer visible la obscuridad, como, si mal no recuerdo, dijo en parecido caso el discretísimo y ameno Curioso Parlante, para no darnos de testarazos contra las esquinas tendremos á nuestra disposición los plateados rayos de la luna que, como una enorme criba roja, llega en este instante, entre nubes de púrpura y naranja, sobre los viejos paredones de la solitaria venta de Pedreña.

Partimos de la calle de la Compañía, que es donde la casualidad nos ha reunido, y cediendo á un impulso natural en todo el que tiene un reló enfrente, alzas la vista y la fijas en la transparente esfera iluminada del del Consistorio. Por supuesto que tú sabes que es el Consistorio ese humildísimo edificio, porque yo te lo digo, pues ni de los cuatro arcos sobre que descansan sus dos pisos no muy cumplidos, ni de la solana del primero, ni de los cuatro balconcillos del segundo, ni aun de los mismos tres dorados escudos de armas que ostenta la fachada, ni de ser ésta de labrada sillería, se puede deducir tan alta jerarquía, dado el lustre que debemos suponer en un Municipio de una capital de la significación mercantil de Santander. Pero el hecho es que eso es el Consistorio, ó el Principal, como aquí se dice, y que no hay más en el pueblo para albergue de la Excma. Corporación... y de sus beneméritas gigantillas.—Se me olvidaba advertirte que para las grandes solemnidades oficiales y para el día del Corpus, hay unas colgaduras de seda con los colores nacionales para cubrir las balaustradas de los balcones, y unas estrellitas y un sol de luces de gas, entre cuyos rayos se exhiben, como si friéndose estuvieran, las cabezas de los Mártires patronos, la nave de mi insigne paisano Bonifaz, el Guadalquivir, la cadena rota por aquélla y la torre del Oro, que son las figuras simbólicas del escudo de armas de esta ciudad. No te advierto, porque ya lo supondrás, que este esplendoroso ornamento no sale más que por la noche, ni que, entonces, colocado en la mencionada solana del primer piso, se llama iluminación.