Algunos rayos de ella nos vendrían bien ahora para examinar las cataduras de la gente que se vislumbra bajo los arcos; pero yo supliré esa falta con mi práctica en el terreno, diciéndote, desde luego, que los que están sentados en los poyos del soportal son señores que han venido á menos, comadres que no se conforman con la sentencia dada contra ellas en otros tantos juicios celebrados arriba por la tarde, y ciudadanos sin profesión ni rentas conocidas, que fumando, tosiendo, suspirando, maldiciendo ó meditando, esperan la hora de ir á acostarse... los que de ellos tienen cama.—Los que peroran y se agitan de pie junto al ángulo que mira á la plaza, ó sea el único ángulo saliente del edificio, pues éste no tiene más que dos fachadas, son jovenzuelos con tuina de faldas y mangas cortas, señales evidentes de que se hallan en esa edad en que se muda de voz y se crece á pulgada por día, razón por la que no hay entonces ropa que siente bien más de media semana. También fuman, y, por el olor, más anís que tabaco. Son humanistas, alumnos del Instituto, y apostaría las orejas á que tienen los bolsillos atestados de tronchos y pelotillas.—¿No lo dije? Ya le arrimaron un tronchazo al pobre aldeano que va hacia la calle del Peso.
Estamos en la plaza de la Constitución, vulgo Plaza Vieja, y notarás que no pasa de ser un trozo de calle un poco más ancha que sus demás contemporáneas de Santander. Sin embargo, cuando yo era niño me parecía inconmensurable este espacio. Cuatro casas nuevas, un bazar de modas, un café vistoso, una botica de lujo y algunos otros establecimientos restaurados á la moderna, le han quitado el antiguo carácter que le hacía hasta venerable á los ojos de todo buen santanderino.—Muy pocos años ha, en esta tienda de la esquina, donde se vendían estampas del Hijo Pródigo y liga de pescar pajaritos, pudiera yo haberte hecho admirar, cuidadosamente trenzada sobre el cuello de su anciano dueño, la única coleta que quedaba en España (sin contar las de los toreros). Un poco más abajo fabricaba, empapelaba y vendía los mejores caramelos de limón que yo he saboreado, doña Marcelina, más conocida por la Siete-muelas, aunque yo hubiera jurado que no tenía una sola. En aquella otra esquina vendía géneros finos doña Juana Barco, cuyo lorito, por charlatán, era en Santander tan popular como su tienda. Aquí la clásica librería de don Severo Otero, con su sempiterna tertulia de señores mayores. Enfrente la Expendición de bulas y el célebre estanco... y otros muchos establecimientos y tipos acá y allá que vieron pasar años y generaciones sin dar un brochazo de pintura á los marcos de sus puertas, ni hacer la menor alteración en sus hábitos.—Para conmemorar la acción de Vargas en tiempo de la Milicia que feneció el 43, se alzaba en este mismo sitio, en la noche del 3 de noviembre, un templete de tablas de cabretón, sobre el cual se colocaba una estatua, representando no sé si la Victoria ó la Fama, á la que llamaba el pueblo la vieja de Vargas, creyendo á ojos cerrados que aquélla era una imagen de la buena mujer que, según pública opinión, se apareció á los nacionales que iban á Vargas á batir la facción, indicándoles el punto en que ésta se hallaba, por dónde se la podía atacar, etc., etc... noticias á las cuales, según las mismas fuentes, se debió el éxito de la expedición. Aquella noche, tras un día de revistas, desfiles y gigantillas, había en torno al templete música y cohetes, ruedas, suspiros, correos, carretillas y cuanto daba de sí el arte pirotécnico, creyéndose en el colmo de la felicidad el que para disfrutar de la fiesta hallaba un hueco en un balcón de las inmediaciones.—Echar á la plaza, ó ir á la plaza, se llamaba en las escuelas desafiarse dos ó más muchachos á escribir mejor una plana, y comprometerse á pasar por el fallo que dieran dos señores de los tres á quienes se consultase al mediodía entre los que paseaban aquí: si el desafío era entre chicos de dos escuelas rivales, el suceso hacía ruido en el pueblo, y ponía en gravísimo apuro á los jueces, que se palpaban mucho y hasta se asesoraban de los amigos antes de fallar. ¡Vaya si tomaban el lance por todo lo serio! Te diré, para tu satisfacción, que en estas lides en que como competidor entré más de dos veces, jamás gané los dos cuartos que valía la apuesta.—Desde este segundo piso al de la casa de enfrente se ataba, antes de misa de nueve en los días festivos del invierno, una cuerda de cuyo centro pendía un lienzo de vara en cuadro, anunciando las funciones de tarde y noche en el teatro; pero no con grandes letreros ni finchados elogios, sino con un par de cuadros al temple, en los cuales se representaban, con colores rabiosos, las dos escenas más notables de los dos indispensables dramas. De tarde en tarde se iza hoy también ese cartel, pero rara vez con láminas y nunca con éxito: apenas contemplan la operación de elevarle los transeúntes de Cueto, ni le leen los chicos de la escuela de balde; y no exagero si te digo que antaño aguardaban su exhibición con visible deleite, con íntima satisfacción, hasta los hombres más á la moda, los elegantes que vistieron en Santander los primeros gabanes blancos y calzaron las primeras botas de charol con caña de tafilete encarnado... Pero observo, pacientísimo lector, que me salgo del terreno de nuestro objeto, evocando estas memorias que á tí no te importan un bledo. Perdóname generoso este descuido. Cuando aún cree distinguir mi vista en lontananza los hombres y las cosas que se van, después de haber pasado entre ellos los mejores años de mi vida, no es dado á mi corazón negarles un cariñoso adiós de despedida. ¿Ves estos individuos que con paso igual y mesurado recorren la plaza, de abajo arriba y de arriba abajo, y siempre en una misma línea, como péndolas de reló? Pues me son entrañablemente simpáticos, precisamente por ser lo único que nos resta de la antigua plaza Vieja. Verdad es que parte de ellos no son los mismos hombres de entonces; pero son otros con los propios gustos é idénticas inclinaciones, y tanto monta. Aquí los hallarás todas las noches hasta las nueve y media, paseando sobre los mismos adoquines ó las mismas losas, sin que se dé el caso de que un aficionado al arroyo se intruse en la acera, ni de que pase á la de la izquierda el que está habituado á la de la derecha. Repara un poco sus trajes, y los hallarás en evidente desacuerdo con la moda actual; y aun acercándonos más, podrías ver sobre las perneras de los pantalones de más de un paseante, no viejo, la marca de la caña de la media bota que calzan, en su profundo amor á los usos del 45 é inmediatos.—Y supuesto que esta curiosidad típica es la única que te puedo enseñar aquí, doblemos la esquina y entremos en la calle de San Francisco, que es, salvas las diferencias que supondrás, como si en Madrid te llevara á la Carrera de San Jerónimo, ó en París al boulevard de los Italianos.
Estas seis que vienen, al parecer, mujeres, envueltos sus talles en menguados chales y sus cabezas en flotantes pañuelos de seda cruda, á manera de capucha, son las hembras de dos familias modestas que viven en una misma escalera, y que después de cenar se han reunido para dar el ordinario nocturno paseo callejero que ahora comienzan. Todas las noches que no llueve hacen lo propio. El objeto principal de su paseo es examinar, desde afuera, los escaparates de las tiendas: si hallan un género de imitación muy barato, no para comprarlo, sino para saber que le hay, por si acaso, señalan la noche con piedra blanca; y la señalan con dos piedras si al pasar de tienda á tienda descubren algún gatuperio, notable por los actores, entre la obscuridad de algún portal indiscreto; y, en fin, la marcan con tres piedras si topan con una serenata.—Á la misma comunión pertenecen estas otras tapadas que se cruzan con ellas, y á la propia las que están detenidas á nuestro lado. De todas ellas y otras semejantes se compone la mayor parte del pacientísimo público que en las noches de baile campestre acude á olerle desde los nuevos jardines de la calle de Vargas.—Medio punto más arriba en el pentágrama social están colocadas las que vienen por la izquierda; y lo digo porque, en vez del foulard, llevan nube arrollada á la cabeza, y sobre los hombros una cosa que quiere imitar, en forma y colorido, á los abrigos de las grandes damas... No me engañaban mis presunciones: son las de doña Calixta, de quienes en otra ocasión te hablé largamente, y dos de sus amigas íntimas. Por el aire que traen se deja conocer que no van de brujuleo: si hubieran salido con este fin, ya estarían alborotando las tiendas y corrillos que dejan atrás; y no yendo de brujuleo, ni habiendo música en la plaza, ni paseo en la Alameda, ni baile de campo, necesariamente van de reunión... cursi, por supuesto.—Estas cuatro que cruzan rápidas, envueltas en ricos capuchones, pisando recio, hablando mucho y oliendo á jazmín y á heliotropo, ya pican más alto. Aunque aparentan no cuidarse del vulgo, te advierto que no le pierden de vista y que le conocen muy al pormenor; también se perecen por los descubrimientos del género tenebroso y, sobre todo, por las tiendas; sólo que no se limitan en ellas á contemplar ó á revolver géneros, sino que los compran, ó cuando menos, los comprometen para comprarlos otro día á la luz del sol. Tampoco desdeñan las serenatas si las hallan al paso. Si esta noche hubiera recepción en alguna casa de lustre, no las verías en la calle: si estaban invitadas, porque lo estaban; y si no, por no darlo á entender con su presencia entre los desechados.—Aunque poco práctico en el pueblo, no dejarás de traslucir por la pinta el asunto que ocupa á esta pareja que se acerca á nosotros por la derecha. Ella joven, suelta de movimientos, vestida de percal y sin más adorno ni abrigo en la cabeza que una cabellera negra y abundante, graciosamente peinada; él con la cara oculta entre las alas del sombrero muy caídas y el cuello del gabán muy levantado; ella hablando recio y él casi por señas... Ya están junto á nosotros, y hasta se los puede oir...
—Hijo, lleva usté un paso que... ¡María Santísima! ¡Aparémonos un poco polamor de Dios!
Y pues que se paran, escuchémoslos:
—¡Se empeña usted en traerme por lo más concurrido!...
—¡No, que no! ¡Pues podíamos haber ido por los Perineos! ¿Le paece?
—Pero sin ir por los Pirineos hay otras calles...
—Lo que usté quiere son tapujos, y causalmente me gusta á mí llevar la cara muy descubierta por todo el pueblo en estos ratos en que deja una la costura y ha ganado con ella muy honradamente su por qué.
—¡Si no es eso, Cipriana!