—Pues en el Tersícore bien amartelado se ponía y no tenía á menos el ajuntarse á mí. Bien que sería porque no le vería estonces nenguna señorona de la ristecracia... ¿Es, quizaes, anguna de esas de marmota que van por ahí la que le hace encultarse?
—No ha de ser usted pesada, Cipriana... y sigamos andando.
—Te veo, inglés... ¡Cómo no!... ¡Ay, cristiano! ahora que arreparo: mire qué canafeos tan devinos tiene aquí Miguel.
—¿Qué Miguel?
—¡Otra sí qué! ¿Qué Miguel ha de ser? Trabanco.
—¡Ah, ya!
—Y deben de ser de última, porque anoche le he visto otros iguales en la comedia á la señora de Barreduras, por mal mote, que todo lo trae de Francia... ¡Bien precioso es todo lo que hay en la vidrera! ¿Pues el vidro? Mayor es que una sábana. ¡Y cómo repompa el gas en todas las alhajas!... Padecen de puro brillante... ¡y como que lo serán!
—Conque ¿seguimos ó no?
—¡Eh, cristiano, no tenga prisa, que no le piden nada de esto! Déjenle á una sastifacer tan siquiera la vista... Mire, ahí va la Gervasia con el hijo de Pelagatos, que es bien riquísimo... ¡Y bien despacio que van! ¿Quiere que los llame?... ¡Ay, qué chico ése! ¡cuánto más parcialote y manejable es que usté!
—¡Para él estaba!