—Ahí va tamién la Sidora... ¿Sabe quién es el que la acompaña? Pues es un melitar de tropa, abocao á capitán. ¡Y cómo la estima el venturao!

—¿Quiere usted que los sigamos?

—Lo que usté quiere ya lo sé yo... pero por no oirle tan siquiera, ya estamos diendo... ¡Hija, qué hombre!... ¡para la primera le aguardo!

—¿Por qué?

—En el Tersícore se lo diré de misas.

Y se van, lector... y nosotros nos iremos también, no detrás de la pareja que ya habrás conocido á tu gusto, sino á continuar nuestras exploraciones calle abajo, supuesto que en este sitio no veríamos ya más que repetidos ejemplares de los modelos que por él has visto pasar.

Esta mocetona en mangas de camisa, con los brazos cruzados sobre el estómago y una herrada sostenida encima de su cabeza por un prodigioso esfuerzo de equilibrio, es una cocinera que viene de la fuente: no tardará en echar un cantar... Ahí le tienes, y á toda voz:

«Si quieres que á güeña vaiga
y me güelva la color,
dame más sastifaciones
y menos combresación».

Según canta al uso puro de su pueblo, debe de hacer muy pocos días que ha llegado á la ciudad la cantadora. Me fundo en que los cantares de las pejinas, ó de las que quieren aparentar que lo son, tienen otro carácter, así en el tono como en la letra... Y me remito al ejemplo de esta otra fámula del botijo, pelo enmarañado á la moda y chaquetilla encarnada, que también viene cantando. Oigámosla cuando repita. Ahora:

«Á los mares prefundos
van mis sospiros,
sospiritos del alma,
probes sospiros;
que un marinero
con los ojos en glárimas,
muy retrecheros,
me dijo un día:
serenita priciosa,
tú me dechizas».