Notarás que su voz, aunque recia, es menos desagradable que la de su colega, su música más melodiosa, y en cuanto á la copla, un tantico más ingeniosa.

Y ya que de música tratamos, no desperdiciemos la que se oye en la inmediata callejuela. Son los trovadores el ciego de la bandurria y su mujer, que le acompaña con una guitarra: hay á su lado un mozo chupando un puro, y en la acera de enfrente media docena de curiosos como nosotros. Tenemos que convenir en que el ciego hace primores con su instrumento. Ahora canta á dúo con su mujer:

«Asómate á esa ventana,
asómate á ese balcón,
Menegilda de mi vida,
cara de luna y de sol».

Aquella cabeza que se asoma á aquella ventana que se abre, pertenece á un cuerpo que se muere por el mozo del puro; y si no, mírale cómo le saluda con la mano y se contonea y se sonríe, tan lleno de vanidad como si aquella música y aquellos cantares que ha alquilado por real y medio, fueran legítimos partos de su habilidad y de su ingenio.

¿Riña tenemos también? ¡Bah! no correrá la sangre. Es en la taberna de al lado, entre dos aficionados al aguardiente. Míralos á la luz del velón cómo gesticulan y manotean, al paso que juran y gritan. Óyelos un momento:

—¿Á que no me lo vuelves á decir?

—Pus ahora te digo que no sólo en tí, sino que en tu padre y en tu madre y en toa tu perra casta.

—¿Tú?

—¡Yo, yo!

—¡Ni tú ni cuatro mil como tú, lenguatón!