—Pero, señor, ¿á quién se le dejo yo, vamos á ver?—se decía.—Yo no tengo en el mundo más parientes que Paula y su marido, y, en rigor, á ellos les corresponde heredarme; pero ¿qué van á hacer de tanto dinero estas dos bestias? De fijo, dárselo á cuatro pillos que se lo quieran sacar con maña, porque las almas de Dios de Blas y Paula no tienen sentido común. Y si no se lo dejo á ellos, ¿á quién se lo dejo? ¿Á un extraño que tal vez no rece un Padrenuestro por mi alma? No, señor. ¿Á los pobres? Pobres son Paula y Blas, y además sobrinos míos, y me han cuidado con esmero, y me quieren indudablemente. Por otra parte, ¿quién me quita á mí de hacer un legado especial para los pobres, dejando lo demás á mis sobrinos? ¿Y quién sabe si éstos, á pesar de sus cortos alcances, sabrán dar al dinero un buen empleo?...
Y, por último—pensó el enfermo poniendo un gesto como de hiel y vinagre,—¿qué me importa ya que se lleve Pateta ese caudal que, después de haber sudado el quilo para adquirirle, no me sirve para detener un solo instante la muerte que me amenaza? Decididamente va á ser Blas un capitalista y el primer personaje del pueblo.
En esto llegó con tres acólitos el escribano, y bajo su fe testó el enfermo; y tan á tiempo, que acabar de poner la firma en el testamento y estirar la pata, fué todo uno.
Al salir del cuarto el escribano se encontró con Blas que andaba dando vueltas, muy afligido, por el estragal; y entre mil reverencias y sombrero en mano, le dijo:
—Resignación, señor don Blas: los altos juicios de Dios son incomprensibles. Él, que ha llamado á su seno á su señor tío, sabe por qué lo ha hecho. Otro día, cuando usted se halle con ánimo más sosegado, me permitiré anunciarle las últimas disposiciones del finado; disposiciones, señor mío, por las cuales le felicitara de muy buena gana si ellas cupiesen al lado del dolor que le embarga sin arañarse con él. Vuelvo, pues, á aconsejar á usted, mi señor don Blas, resignación y conformidad, y tengo la honra de saludarle hasta los pies.
Blas, que empezaba á pasmarse del señor don que le encajó el escribano, dejó para otra ocasión el cuidado de averiguar el motivo de las dos palabrillas, porque la segunda parte del apóstrofe del oficioso notario dió al traste con su serenidad, y rompió á berrear como un ternero, colándose en seguida en el cuarto de su tío para convencerse de que realmente había espirado. Paula había entrado en él pocos momentos antes que su marido, y también daba el grito que aturdía el barrio. De manera que al reunirse el matrimonio junto á la cama donde se hallaba el aún caliente cadáver del indiano, no parecía sino que se iba á hundir la casa.
Decididamente Blas y Paula habían tomado cariño al buen señor; pero noble y desinteresadamente.—Conste así en elogio de estos dos borregos.
IV
Cuatro días después de este suceso, y cuando ya se hubo honrado y sepultado dignamente al indiano, se leyó solemnemente su testamento en presencia de los herederos. Según él, Blas y Paula quedaban dueños absolutos de todo el caudal del testador, separadas algunas cantidades señaladas por éste para los pobres del lugar, misas por su alma, etc., etc. La tajada que Paula y Blas se llevaban valía la friolera de treinta mil duros.
Al oirlo de boca del escribano, que leía el testamento, los improvisados capitalistas se cayeron de espaldas; y no se murieron de repente, porque no podían comprender entonces lo que aquella cantidad representaba. Todas las ambiciones de su vida juntas no habían pasado de mil reales. Respecto á esta cantidad, sabían cuanto había que saber: lo que abultaba en onzas, en medias onzas, en ochentines, en duros, en pesetas y hasta en monedas de cobre; lo que se podía comprar con ella; en qué monedas cabía en la faltriquera y en qué otras se necesitaba un taleguillo de á maquilero para guardarla, etc., etc. Pero, ¡treinta mil duros! ¿Cuándo habían pensado ellos en semejante cantidad?... qué digo, ¿cuándo la habían mencionado siquiera?