Cuando el escribano los dejó solos y hubieron pasado los efectos más gordos de su sorpresa, los dos cónyuges se dieron á discurrir sobre la enorme cantidad, y trataron de pesarla y de medirla según sus pobres alcances.

—Digo, Paula—exclamaba Blas, rascándose la cabeza y apretando mucho los ojos,—que treinta mil duros deben ser... deben ser... ¡Cá!... ¡una barbaridá de dinero!... Deben ser... Yo creo que no cabrán en la caldera grande, aunque estén en onzas de oro.

—Yo no sé, Blas, si caben ó no caben en la caldera—replicaba Paula verdaderamente fascinada por la idea de semejante masa de riqueza;—lo que sé es que debemos ser muy ricos... ¡horror de ricos!... más ricos que el señor cura, más ricos que el médico, más ricos que ese fachendoso de tabernero que, porque tiene caballo, quiere pisar á too el mundo; más ricos que el alcalde, más ricos que toa la riqueza mesma de cuatro leguas á la reonda. Esto es lo que yo sé, y no quiero saber más.

—¡Calla!—gritó Blas de pronto, dándose en la frente un puñetazo, que á habérsele dado en igual sitio á un becerro, le hubiera dejado redondo;—creo que vamos á saber á punto fijo cuánto abulta ese dinero. Yo voy contando duros uno á uno hasta mil... ¿eh? dempués otra vez uno á uno hasta mil; luegomente uno á uno hasta mil tamién, hasta que haga treinta mil pilas de á mil duros ca una...

—¡Treinta no más, borrico!—contestó Paula dando un puñetazo á su marido.

—Bueno, lo mesmo da: siempre resultará que tenemos una pilá de duros que... ¡María Santísima! se me va la vista sólo de pensar en ella. Paece que la estoy viendo: grande, grande, grande, como... No sé cómo es de grande; pero se me fegura que aunque estemos comiendo duros á pienso too el año, no acabamos con ella... ¡Virgen de la Encarnación del Hijo de Dios y de María Santísima y de toos los santos y santas de la corte celestial!

Y Blas, fuera de sí, comenzó á sacudir puñetazos sobre las ancas de su mujer, que se tumbó boca abajo riéndose á carcajada seca, sin darse cuenta de lo que hacía; arrebato que concluyó por levantarse de repente los dos esposos lanzando berridos y echando cada lagrimón como una manzana carretona.

—¡En buena hora te casaste conmigo, cachorrón!—gritaba Paula entre sollozos y tirones de greñas.

—¡No te cantó mal gallo cuando me engañaste, becerrona!—contestaba Blas sorbiendo sus propias lágrimas y echando al aire la chaqueta y las abarcas.

—¡Anda, marranón!