—¡Anda, jabalina!
Cuando la calma volvió á apoderarse de los desquiciados espíritus de Blas y de Paula, ésta, después de meditar un largo rato, propuso á su marido llamar al maestro de escuela que, como hombre de pluma, era el único que podía sacarlos de aquella obscuridad en que cada vez se extraviaban más.
—¡Defetivamente, canijo!—respondió Blas con entusiasmo.—Vea usté y cómo mil demonios no dimos antes en ello. Y voy á ir yo mesmo por él... aunque, bien mirao, ya no debía andar á recaos como un zarramplín cualsiquiera; pero como entovía no hemos apandao la herencia, no estará del too mal visto lo que voy á hacer.
Y Blas salió del corral afuera como alma que lleva el diablo, mientras su mujer se tendió á la bartola en mitad del estragal, riendo y llorando á la vez de puro gusto.
V
Era el maestro, don Canuto Prosodia, hombre enjuto y pequeño de cuerpo, corto de alcances, aunque él creía lo contrario, y muy largo en adular á todo el que podía dar algo.
Vestía ordinariamente traje obscuro de corte humilde con aspiraciones á más elevado; es decir, gastaba un aparejo que lo mismo podía llamarse gabán corto que chaqueta larga, y llevaba al cuello un corbatín de lana que tiraba á seda. Era gran echador de epístolas los días feriados, y llevaba toda la correspondencia del lugar con los indianos y jándalos ausentes de él. Blasonaba de muy aplomado en sus pareceres, y esto le valía la intervención en todos los picos de las familias del lugar; tenía, en fin, mucha mano con ellas... y mucha cuenta que dar á Dios de los desaguisados que causaba en el vecindario su torpeza ó su malicia. Se la echaba de sobrio, pero yo sé que tomaba cada turca que ardía Troya; sólo que para emborracharse se encerraba en casa.
Prevengo que ninguno de estos pormenores es de absoluta necesidad en la presente historia, y que sólo los he apuntado porque no me gusta presentar á mis lectores un personaje sin decirles lo que es, para que sepan con qué casta de pájaros tienen que codearse.
Pues señor, volviendo á lo que más nos importa, Blas y don Canuto Prosodia llegaron á casa del primero cuando aún Paula no se había levantado del suelo, donde cayó desconcertada por la alegría, al salir su marido en busca del pedagogo.
—¿Mi señora doña Paula está indispuesta?—dijo don Canuto descubriéndose y parándose delante de la mujer de Blas.