—¡Qué endispuesta ni qué canijo!—respondió Paula levantándose de un respingo;—si tengo más salú que Pateta. Lo que yo quiero es saber en un periquete cuánto dinero tenemos, y, sobre too, que no me güelva usté á zamarrear con tanta doña ni tanta jeringa.
—Á todo señor, todo honor—replicó don Canuto doblándose á compás.—Pero dejando este punto por ahora, pasemos al que me trae aquí á solicitud del señor don Blas, que ha tenido la dignación de enterarme por el camino de todo lo necesario para el mejor éxito de mi cometido.
Don Canuto, al decir esto, sacó del bolsillo interior de su chaquetón-gabán un tintero de cuerno y un pliego de papel blanco en ocho dobleces. Destornilló el primero, extrajo del hueco de su cónica tapadera una pluma de ave, limpióla sobre la manga de su brazo izquierdo, llenóla luego de tinta con mucha pulcritud, oprimiendo la parte tallada contra los tintales de algodón que contenía el tintero, desdobló el papel dejándole reducido á cuatro pliegues, sentóse en la silla de bañizas, pidió á Paula la tortera, puso ésta horizontalmente sobre su muslo derecho, y en el suelo y al alcance de su mano el tintero, colocó el papel sobre la tortera y el brazo derecho sobre el papel, pluma en mano, carraspeó dos veces mirando de hito en hito á los dos esposos que acurrucados en el suelo contemplaban en silencio al dómine, jadeando de curiosidad, y con el tono más melifluo y acompasado que pudo, habló lo siguiente:
—Hame dicho el señor don Blas que asciende la herencia de ustedes á la respetabilísima cantidad de treinta mil duros. Apúntolos, pues. Para reducirlos á reales, los multiplico por veinte, ó, lo que es lo mismo, por dos, añadiendo luego un cero á la derecha del producto que esta multiplicación nos arroje. Tenemos, pues, que los treinta mil duros son lo mismo que seiscientos mil reales.
—¡Echa reales!—dijo Blas sobándose las manos.
—¡María Santísima!—exclamó Paula mordiéndose los puños.
—También me ha dicho don Blas—continuó don Canuto,—que esa suma está invertida en América, según reza el testamento, en fincas y empresas á cargo de un apoderado del testador, que cuidará en lo sucesivo de remitir á ustedes los productos de dicho capital, ó el capital mismo si ustedes lo desean. ¿No es esto lo que usted me ha dicho, señor don Blas?
—Hombre, precisamente eso mesmo, no; pero eso es lo que he querío decir.
—Tanto monta.
—Pero señor don Canuto—exclamó Paula con impaciencia,—lo que nusotros queremos saber es cuánto nos corresponde caa día al respetive de esa barbaridá de dinero.