—Á eso vamos, señora mía. Suponiendo que el capital produzca un seis por ciento, rédito que me parece muy conforme con la ley de Dios, ganará en todo un año... ¿Por qué método quieren ustedes que hagamos este cálculo? Tenemos dos: uno que consiste en establecer la siguiente proporción: ciento es á capital, como tanto es á interés, y despejar luego la incógnita, que en el caso presente es el interés, según las reglas establecidas por los autores; y otro, que llamamos abreviado, consistente en...

—Déjeme usté de esas andróminas, señor don Canuto—interrumpió Paula ya quemada,—y sáqueme usté pronto el montante del dinero, aunque lo saque por el satanincas ó por el diaño que cargue con usté y con esa calma condená que se le pasea por los gañotes.

Don Canuto bajó la cabeza, un si es no es contrariado en su alarde de erudición con la andanada de Paula, y comenzó á hacer números con mucho pulso sobre el papel. Blas y Paula seguían con la vista con ávida curiosidad los giros de la pluma de don Canuto, como si conocieran los guarismos que éste hacía. Al cabo de un cuarto de hora levantó el maestro la cabeza, colocó la pluma sobre la oreja derecha, tomó entre sus manos el papel en que había hecho los cálculos, y dijo á los dos herederos, que seguían arrodillados delante de él y mirándole sin pestañear:

—Importan anualmente los réditos del caudal, al seis por ciento, según hemos convenido, treinta y seis mil reales, que divididos entre trescientos sesenta y cinco días que tiene el año, proporcionan á ustedes un diario de noventa y ocho reales y veinte maravedíes, salvo error de pluma ó suma.

—Y ¿qué es eso de diario, señor maestro?—preguntó Paula.

—Diario, señora mía, es lo mismo que si dijéramos todos los días; más claro: cada veinticuatro horas tienen ustedes una renta de noventa y ocho reales y veinte maravedíes.

—¡Carafle! yo creí que nos correspondía más,—dijo Blas con cierto disgusto, mirando á Paula.

—Yo tamién,—añadió ésta mirando á Blas.

—Pero, señores, reparen ustedes que ese diario procede solamente de las rentas del capital, que siempre queda entero y de ustedes.

—¡Ahhh!!—exclamaron, respirando con placer, los dos bolonios herederos.