—El capital es, como quien dice, una fuente que da cada veinticuatro horas, para ustedes que son dueños de ella, noventa y ocho reales y medio. Claro está que si ustedes no se satisfacen con lo que de la fuente mana espontáneamente, pueden acudir al depósito, zambullir en él la cabeza y darse un atracón hasta que revienten ó hasta que le agoten; resolución que yo no aprobaría, pues esta clase de fuentes, una vez secas, yo no vuelven á dar, por lo general, una mala gota.

—Aguárdese usté y perdone—dijo Paula de repente, cogiendo al maestro por las solapas del chaquetón.—Pinto el caso de que yo tengo una vaca; la ordeño un día, y me echa en la zapita noventa y ocho reales y medio; la ordeño otro día, y me da otro tanto, y todos los días lo mesmo: esta vaca nunca se seca, y además la vaca es mía. ¿No es así el aquél de la herencia?

—Cabalito,—respondió el maestro, desprendiendo, con mucho cuidado, de su gabán-chaqueta las manos de Paula, porque no se llevaran las raídas solapas entre las uñas.

—¡Paula!—gritó Blas entre lloroso y risueño;—espienzo á conocer lo riquísimos que semos, y que he sío un burro pensando que tú eras rematá de bestia. Y usté, señor don Canuto, toque esos cinco y cuente con un vestío de arriba abajo, y con un barril de lo blanco.

—¡Tanta munificencia! ¡Tanta generosidad!... ¡Oh, señor don Blas, yo no merezco semejante agasajo!—replicó el pedagogo plegándose como un libro y relamiéndose de gusto.

—¡Qué comenencia ni qué grandiosidá son esas que usté emperegila!—añadió Paula dando manotadas al aire;—tome lo que le dan sin cirimonia y con toos los sentíos del alma, que usté se lo merece y nusotros podemos darlo... ¡y mucho más, si se mos pone en el testú!

—Seguramente que sí, y sólo con el recurso de la renta; porque si se propusieran ustedes gastar en veinte años, por ejemplo, todo el capital, que no deja de ser plazo respetable, hasta carruaje podrían tener ustedes, y ugieres y saraos, banquetes y justas ó torneos. Acepto, pues, la oferta, aunque conmovido por el reconocimiento. Y con esto no canso más. Terminada mi misión entre ustedes, déjoles entregados á sus risueños cálculos, y vuélvome á buscar á mi dulce amigo, el estudio, que me espera en la lobreguez de mi paupérrima morada. He dicho, y soy de ustedes afectísimo seguro y agradecido servidor que sus pies y manos besa respectivamente.

Y tras esto, salió don Canuto, de espaldas por más señas, dejando más y más aturdidos á los dos herederos con la andanada de carruajes y saraos que les soltó.

Cuando Blas y Paula se quedaron solos, el primero se separó de la segunda tres ó cuatro varas; miróla un rato, y se dió en seguida á bailar y á gritar. Paula hizo lo mismo que su marido. De pronto se paró éste, fijó otra vez su vista en Paula, abrió los brazos y gritó poseído del mayor entusiasmo:

—Paula... ya lo has oído: ¡semos riquísimos! ¿Qué te pide el cuerpo?