—Blas—contestó Paula con iguales ademanes y el mismísimo entusiasmo:—¡muchísimo azucarillo! ¡horror de bizcochos! Y á tí, ¿qué te pide el tuyo?

—Paula, ¡muchísimo colchón! ¡atrocidá de vino blanco!

—¡Pus á ello, Blas!

—¡Á ello, Paula!

VI

Y aquí entra la parte más lastimosa de esta verídica historia.

Han pasado tres años desde la escena que acabo de referir. Blas y Paula no viven ya en la pobre casuca que heredó de su madre la segunda: han comprado un caserón solariego con portalada y solana, y han trasladado á él sus penates. El tal caserón tiene gran corralada y anchas cuadras; pero ni en la primera saltan los terneros, ni en las segundas se oyen los mugidos de las vacas ni las campanillas de los bueyes. Blas, que á veces se la echaba de listo, se había reído en más de una ocasión, desde que supo el cuento de boca del oportunísimo señor cura, de aquél labrador de Castilla que solía decir, pareciéndole muy larga la distancia que mediaba entre su casa y sus haciendas:—«Si por algo deseo ser rico, es por poder ir á caballo á cavar mis tierras».

Cuando Blas y Paula cambiaron de morada, se propusieron cambiar también de costumbres y dedicarse resueltamente á ser señores, y nada más que señores. La casuca quedó, pues, con sus ganados y sus tierras, encomendada á un aparcero, que halló con todo ello el cielo abierto. Los flamantes capitalistas sólo llevaron al caserón sus cuerpos, sus ropas nuevas y los equipajes del indiano. Á Blas le incomodaba hasta el olor del ganado vacuno, y Paula se compadecía de las gentes que tenían, para comer, que sallar maíces bajo los rayos del sol de junio.—«Bastante hemos tirao del mango de la azáa y arrascao las nalgas á las bestias», decía Paula muy á menudo; «y cuando el Señor nos ha puesto en las manos la fortuna, es porque no quiere que trabajemos más».

No se extrañe, pues, el silencio y la soledad que reinan en la nueva morada de nuestros conocidos: bajo sus carcomidos techos y entre la pesadumbre de sus viejos resquebrajados muros, no hay más seres vivientes que Blas y Paula; un criado zurdo y perezoso, pastor de vacas en los malos tiempos de sus actuales amos; un perro holgazán, que lo poco que ladra lo ladra echado, y algunos centenares de ratas y lagartijas.

El mobiliario de la casona se compone de una docena de sillas de perilla, de una gran mesa de nogal, de una cama de lo mismo con un enorme jergón, y otra con seis colchones y una escalera de mano arrimada á ellos. La primera es la de Paula, pues no ha habido fuerzas humanas que la reduzcan á dormir sobre lana.—«En quitándome á mí», decía, «de meter las patas por los ujeros del jergón entre las hojas, no cierro el ojo ni descanso».—Blas era en este punto el viceversa de su mujer: amaba con delirio los colchones, según hemos tenido ocasión de observar; y como eran ricos y podían hacer su santísima voluntad, la una se proveyó de un jergón á su gusto, y el otro se atracó de colchones, hasta el extremo de necesitar una escalera para trepar al último de ellos.