Entre las doce sillas que apenas se ven en el anchísimo salón en que están colocadas, hay un gran armario.
Este armario está dividido, interiormente, en tres departamentos: en el superior hay pan y algunas otras municiones de boca; en el centro, cuatro vasos de á cuartillo y dos grandes envoltorios, uno de azucarillos y otro de bizcochos; por último, en el inferior se guarda, cuidadosamente calzado con tacos de madera, un barrilito de á cántara, con canilla de metal, haciéndole la guardia de honor dos vasos de á cuarterón, ó cortadillos.
Y ahora que conocemos estos detalles de la casa, digamos algo de los que la habitan.
Paula no es ya aquella mozona rechoncha que vendía salud y alegría cuando ustedes la conocieron: está flaca como un espárrago, y vela su morena faz un tinte amarillento que tira á cárdeno; es apagada y triste su mirada, y su voz débil y penosa; anda á cortos pasos, y así y todo, vacilan sus piernas bajo el leve peso del descarnado tronco. No sale de casa más que para ir á misa, y se pasa los días tendida en la solana.
Blas, aunque no más risueño y alegre que su mujer, es físicamente lo contrario de ésta. Ha echado un morrillo como un toro y un vientre que mete miedo. Anda con dificultad por la excesiva gordura de sus muslos, y parece que echa lumbre por los ojos, las mejillas y la punta de la nariz. También sale poquísimo á la calle, y tantas horas como su mujer en la solana, se pasa él tumbado boca arriba encima de los colchones de su cama.
El criado y el perro huelgan siempre, y sólo están alegres cuando están comiendo.
¿Cuáles son las causas que han producido un cambio tan radical y tan rápido en el carácter de nuestros simpáticos amigos Paula y Blas?
Van á conocerlas ustedes.
Al saberse en el pueblo la noticia de que éstos habían heredado al indiano, la mayor parte de los vecinos se sintieron mordidos por el demonio de la envidia, y ya que no podían deshacer con su mala intención lo hecho por la bondad de aquél, decían á cada instante:—«¡Qué lástima de dinero!» Lo cual significa, para todo el que conozca un poco á ciertas gentes: «Les cayó á los herederos la lotería con la guerra que les vamos á armar si no aflojan la mitad de lo heredado». Otra parte del vecindario recibió con indiferencia la noticia; y otra parte, la más pequeña por supuesto, se alegró de buena fe al saber que Paula y Blas habían salido de pobres.
Cuando «se corrió» que éstos habían recibido la primera remesa de fondos, su casa no se pudo cerrar en todo el santo día de Dios.