—Soy la hija de tío Juan Pendejo—dijo una muchacha mal ataviada, con las greñas sobre la frente y dos dedos de roña sobre la piel, presentándose en el portal de Blas,—y vengo de parte de mi padre á que me emprieste veinte riales pa mercar un celemín de fisanes pa la olla.
Blas prestó los veinte reales á la hija de Juan Pendejo.
Tras de la hija de Juan Pendejo se presentó la mujer de Antón Cervatos.
—Vengo al efeuto, Blas, de que tengas la caridá de dame dos duros pa ver de pagar ocho riales que debemos al peganio por el demonches del destrozo que hizo la vaca en la heredá del señor alcalde, y pa yuda de un poco de maíz que llevar al molino, que too lo pagaremos, como Dios manda, á vuelta de viaje del mi hombre que está á porte.
Blas aflojó los dos duros.
Tras de la mujer de Antón Cervatos llegó Pedro Baldragas.
—Cuando Dios da, no da pa uno solo, amigo Blas—dijo Baldragas:—yo, como sabes, tengo seis meses hace la mujer en la cama, baldeá de un lao; hay malas lenguas que icen que el baldeo fué á resultas de una paliza que yo la dí; pero esos son malos quereres, porque bien sabe Dios que la condená de la golosona, por ir á robar los higos al güerto del vecino, se cayó de un higar, y de la caída se quedó como está. Al respetive de esto, debo al boticario, que porque ice que el daño es de mano airá, no me quiere dar las melecinas por el asalareo, dos cantabrias que la encajó el médico en sóbala-parte, dos gallinas que me fió la vecina, y tengo que comprar dos celemines de maíz para dar de comer á los hijucos de Dios, que no han probao bocao de ayer acá. De modo y manera es que vengo aquí al ojeuto de que me emprestes un ochentín que yo te pagaré antes de ocho días, porque voy á vender el prao de cinco carros.
Blas largó también el ochentín, y más tarde dos ducados, y más tarde un doblón, y en seguida medio duro, y en seguida... yo no sé cuánto, porque en dos días todos se dieron á pedir y ni una sola vez se negó Blas á dar.
Pero el asunto se iba poniendo serio, tan serio que apenas les quedaba á los benditos herederos, de la primera remesa de dinero, lo más preciso para satisfacer sus más perentorias necesidades. Merced á esta circunstancia, tampoco pudo Blas dispensarse de ir pidiendo los préstamos que había hecho á medida que iban venciendo los plazos. Pero los benditos aldeanos, que ya se habían propuesto vivir á costa de la herencia del indiano, como si fuera hacienda de perdidos, recibieron las justísimas negativas y reclamaciones de Blas como una bofetada. Acusáronle, primero por lo bajo y luego á grito pelado, de «fantesioso», de «agarrao», y sobre todo, de bragazas y rocín, y á su mujer de «tordona», de «piojo resucitao» y de tarasca. Amenazáronlos con el rigor de sus venganzas; y puede asegurarse que desde aquel día infausto empezó á nublarse la estrella feliz de Blas y de Paula, que jamás habían tenido un enemigo en el pueblo y estaban acostumbrados á dormir á pierna suelta sin penas ni cuidados.
Estrenaba Paula un vestido y se iba con él á misa mayor: un rumrum de risas y cuchicheos la seguía desde su casa á la de Dios. Si era largo el vestido, que por qué no era corto; si era corto, que por qué no era largo; si era fino, que por qué no era basto; si era basto, que por qué no era fino; que tarasca por arriba, que bestia por abajo, que holgazana por acá, que golosaza por allá.