Presentábase Blas en público con una chaqueta un poco más larga y más fina que las que antes había gastado, y la pública murmuración no callaba un instante: que morral, que «señor mal acomparao», que talego de pesetas, que si debió ó no debió soñar en verse tan alto, que burro, que pollino y que marrano.
Un servicio que se presta gratis entre convecinos, les costaba á ellos un dineral, y una riña escandalosa, amén de una indemnización arbitraria y enorme, el menor desliz cometido fuera de casa por el gato ó por el perro.
Sabíase en todo el pueblo lo que comían, lo que bebían, las horas que pasaban en la cama y las que destinaban á sus sencillos recreos; los planes que les preocupaban y las cantidades que recibían, siendo cada uno de estos asuntos un incentivo para la incansable maledicencia del vecindario.
Dos meses se necesitaron para que Blas y Paula se enteraran de esta guerra cruel que la mayoría de sus convecinos les habían declarado. Eran inofensivos, y sólo deseaban al prójimo bienes y felicidad. ¿Cómo habían de suponer que hubiera una sola persona en el pueblo que se doliese del fortunón que se les había entrado por las puertas?
Cuando Blas conoció la amarga verdad, estuvo un cuarto de hora haciéndose cruces, y exclamó después, hablando con Paula:
—¿Pero quién ha dicho á esa gente que yo no soy el Blas de siempre y que no eres tú la Paula de ayer? ¿No damos lo que se nos pide y algo más, mientras lo tenemos? ¿No es justo que se nos devuelva cuando lo necesitamos? ¿Salimos al camino con un trabuco para robar la riqueza que tenemos? ¿No fué la voluntá de Dios la que nos la trajo á casa? ¿La hemos pintao nusotros de señores finos en ninguna parte? Si hemos dejao la labranza y vestimos y comemos mejor que endenantes, ¿lo hacemos á costa de naide? Luego ¿qué mil demonios de rézpede tiene esa gente contra nusotros?
Paula lo echaba todo por el amor de Dios, y no sabía qué contestar á su marido.
El señor cura y los pocos buenos vecinos que se alegraban de la prosperidad de estas dos sencillas criaturas, les aconsejaron que se hiciesen sordos á las murmuraciones de los malévolos, que se apartasen de todo trato con ellos y que les hiciesen todo el bien que pudieran.
Blas y Paula tomaron el consejo al pie de la letra y cerraron con doble vuelta la portalada de la casona, que sólo se abría cuando la verdadera necesidad llamaba á ella.
Pero ¡ay! no era bastante este recurso contra el mal que les amenazaba, porque no era el mayor enemigo de la felicidad de Blas y Paula la maledicencia de algunos envidiosos. El demonio que había de perturbar la ventura de su soñado paraíso, le llevaban ellos consigo, encarnado en su excesiva sencillez y casi primitiva inexperiencia.