Pensaban Blas y Paula, como piensan muchos en el mundo, que el mayor mal de todos los males conocidos es ser pobre, y, por consiguiente, que tener mucho dinero es el supremo bien de la tierra; con esta errada máxima por norte, acogieron con frenética alegría las talegas del indiano y se desprendieron con ingrato desdén de su antigua honrada pobreza, sin pararse á considerar una sola vez siquiera, que ésta satisfacía todas sus cortísimas necesidades, y que con ella habían sido completamente felices muchos años; es decir, que era punto menos que imposible que todo el rico tesoro de la herencia del indiano les proporcionara vida más placentera que la que les habían proporcionado hasta allí cuatro terrones y una casuca.

Pero lejos de pensar así, porque á gentes que calzan más puntos que nuestros personajes les sucede lo mismo, diéronse Blas y Paula á satisfacer los más ardientes deseos de toda su vida.

Ya sabemos cuáles eran estos deseos. Paula hizo abundante provisión de azucarillos y bizcochos, y Blas de vino blanco y de colchones. Sustituyeron la olla de berzas y la borona de antaño con un puchero bien provisto de carne y garbanzos, y con pan de trigo; hiciéronse un traje fino para cada uno, y pare usted de contar. Para aquellas dos almas benditas no había más que apetecer en el mundo.

Paula usaba el agua azucarada y los bizcochos hasta en la comida, en lugar del agua natural y del pan.

Al levantarse de la cama, agua con azucarillo; si el calor de la cocina la molestaba un poco, agua con azucarillo; si el sol picaba, agua con azucarillo; para salir á la calle, agua con azucarillo; al volver á su casa, agua con azucarillo, y agua con azucarillo al acostarse, y al despertar, y al volver á dormirse. El cuerpo de Paula era una tinaja que no se llenaba nunca, y lejos de eso, más agua pedía cuanto más agua se le daba.

De un abuso semejante resultó lo que era indispensable que resultase. Pervertido aquel estómago con tanto y tanto jarabe, lo mismo era darle alimentos sólidos y suculentos, que enviarlos enhoramala con la fuerza de una catapulta. Á los quince días, el alimento de Paula estaba reducido á dos docenas de azucarillos, á media libra de bizcochos y á un cuarterón de chocolate cada veinticuatro horas; tenía una sed insaciable, y comenzó á palidecer y á perder su buen humor.

Blas, que se pasaba el día comiendo cada tajada que metía miedo, bebiendo á pasto vino blanco y roncando sobre una pila de colchones, notó la alteración física que había experimentado su mujer, y no pudo menos de decirle:

—¿Qué mil demonches de ruinera es esa que te come de un tiempo acá, y no paece sino que te dan la ración en dinero?

—Yo no sé lo que es esto, Blas—replicó Paula con acento triste;—pero harto será que algún mal querer no me persiga. Porque, si no, ¿por qué no había de estar yo partiendo de gorda?

—Pué que no te siente bien lo que comes.