Ni un alma en la Ribera, y es natural: siendo el centro, durante el día, de la ebullición mercantil, de noche es el sitio que más reposo necesita... Sin duda por eso vienen á turbarle esos cantadores que asoman por la esquina de la Aduana... Ocho nada más...
«Los de Santander
no van á Madrid,
porque se le ha roto
el ferrocarril.
«Rió, rió,
rio-ja, ja, ja, ja;
los de la calle Alta
me la han de pagar».
Te prevengo para tu satisfacción que hace más de un año no privan aquí entre la gente del pueblo más que ese cantar tal como le has oído, y otro que no le va en zaga, así por la letra como por la música, que no tardarán en echar estos mismos trovadores... Ahí le tienes:
Una voz.
«Ayer mañana fuí á bordo
y le dije al capitán:
Coro.
Que toma la vizcainita,
que toma la vizcainá».
Tiene este cantar sobre el anterior la desdichada ventaja de que no se le oye el fin, pues preguntando la voz primera y respondiendo el coro siempre con el mismo estribillo, llega la tarea de los cantadores mucho más allá que la resignación de los que se ven en la angustiosa necesidad de oirlos.
Te llamó antes la atención lo mucho que aquí se canta de noche, y ahora caes en la cuenta de que las coplas que vas oyendo, cuando no pican en indecentes, pecan de bárbaras y chocarreras, y me preguntas en qué consiste esto. Yo no lo sé, amigo mío; pero es lo cierto que autores de mucha y muy merecida fama aseguran que el pueblo es UN GRAN POETA. Y suelen decir en apoyo de su temerario aserto:—«¿De dónde proceden, si no, esas tiernas baladas, esos cantares sentidos que andan en boca del pueblo, y aunque bajo unas formas sencillas y desaliñadas, encierran bellos y poéticos pensamientos?» Muchas ganas se me han pasado algunas veces de contestar á estos señores lo que, aquí donde nadie nos oye, te voy á decir en confianza.—¿De dónde proceden, preguntáis (les hubiera yo dicho), esos cantares tan bellos que se oyen (muy de tarde en tarde por cierto) en boca de los sencillos trovadores de las calles y de los bosques? De vosotros, señores míos, de vosotros, ó de otros poetas como vosotros, que los han creado tan bellos en la forma como en el pensamiento; el pueblo los ha hallado después, los ha traducido á su lenguaje tosco y vicioso, los ha aplicado el aire que, en su sentir, mejor les cuadraba, y se los ha cantado en seguida. De modo que, en mi humilde opinión, lo único que deben esos ligeros fragmentos de bella poesía al pueblo que los manosea, es el favor de encontrarse mutilados y contrahechos á lo mejor de la vida, cuando nacieron perfectos.
Y no es posible otra cosa. Désele á ese «gran poeta» que, por ende, debe sentir las bellezas del arte en todas sus manifestaciones; désele, repito, un hermoso mármol del mismo Fidias, y suponiendo que le quiera recibir por descolorido y ordinario, se verá cómo no tarda en colgar un cascabel del cuello de la estatua, en ponerla una cofia en la cabeza y un ramillete de siemprevivas en la mano, cuando no un refajo sobre las caderas, ó en pintarle las mejillas de almazarrón y de verde las pantorrillas; y no por escarnio, no, señores, sino porque cree sencillamente que así está más maja. Millones de hechos como éste prueban con toda evidencia que el pueblo, es decir, la masa indocta, no solamente no es capaz de crear nada bello, pero ni aun de conservarlo... ni siquiera de distinguirlo. Y cuenta que estas mis observaciones, que yo extendiera mucho más si la ocasión lo exigiese, son hijas de un detenido estudio de este pueblo, que no solamente es el que más canta en España y el que, proporcionalmente, más emigra á América y á Andalucía y á multitud de puertos del mundo, y, por tanto, el que más ve y oye y puede comparar, sino el que, como instruído, figura el primero en la estadística[12]; es decir, que en materia de cantares y de cantares pulidos, no debe tener en España otro pueblo que le eche la pata. Pues ya has oído cómo canta. ¡Figúrate cómo cantarán los demás! Y basta de música por ahora.