Una.—¿Quién se casa?

Coro.—Melitón el de la calva.

Una.—¿Con quién?

Otra.—Con Mariquita la cancaneada.

Coro.—Pues siga la cencerrada.

¡Y dale que le das!... Y aquel pillete que asoma por la esquina con un almirez, se une al grupo; y esa vecina que vuelve de la fuente con un calderón lleno sobre la cabeza, al ver lo que pasa derrama el agua en el suelo, mete en el cántaro unos morrillos y ¡zurra que es tarde! Silba un granuja, grazna un remendón, relincha un carretero, aúllan por simpatía los perros vagabundos, lánzase á los novios de acá un chiste, de allá una grosería y del otro lado una indecencia; y sin duda porque la boda es de pro, confúndense en este pastel horripilante la burda chaqueta y el elegante gabán, la camisa remendada y los guantes de cabritilla, el luengo ropaje del sexo débil y la estirada librea del que peina barbas y hace las constituciones y los bandos de orden y buen gobierno; que en ciertas ocasiones y para determinados actos, la humanidad no gasta remilgos ni para mientes en grados de alcurnia ni de posición social: sola se exhibe con sus tendencias ingénitas, con sus resabios esenciales, y ni la calidad ni el corte del vestido le imponen deber alguno: entonces es nieta de Caín y nada más.—Ya sabes, por el apóstrofe coreado que oíste, que el novio se llama Melitón y que es calvo, y que se llama la novia María y es cancaneada, ó marcada de viruelas. Pues del mismo modo te irán diciendo poco á poco cuántos años tienen, y qué caudal, y por qué se casaron, y una multitud de cosas más, ciertas unas é inventadas otras, pero capaces todas de hacer enrojecerse de vergüenza á los sillares de un cuartel. Jamás he podido comprender yo el derecho en que se funda esta brutal costumbre tan arraigada aquí aún y tan popular en toda España in illo tempore. Y lo mismo que yo debía de pensar de las cencerradas un señor muy conocido en Santander, cuando quiso disolver á tiros, desde el balcón, una que le estaban dando; pero no la disolvió, porque ¡pásmate! se llamó barbaridad al justísimo desahogo de mi anciano amigo (q. e. p. d.), y eso que desde abajo le estaban poniendo, siendo él el tipo de la honradez, como un trapo sucio; lo cual prueba que sobre el derecho natural, y sobre el sentido común, y sobre el sagrado de la familia, y sobre todo lo más santo y respetable, está la tiranía de la costumbre, por estúpida, por indigna que ella sea de la fama que lleva el siglo en que aún impera y nosotros alcanzamos. ¡Ah, pues las cencerradas, á pesar de lo que estás viendo, son aquí tortas y pan pintado! Yo te puedo citar pueblos de esta provincia en los cuales, pocos años hace, aún era costumbre admitida sorprender á los novios en el lecho, colocarlos amarrados y desnudos sobre un carro cuyas ruedas se desencambaban exprofeso, y sufriendo las angustias de este bárbaro martirio, bajarlos al galope por las cuestas más rápidas y desiguales de las inmediaciones, entre la algazara del bromista vecindario; y por fin y término de la broma, darles un baño, aunque fuese en el rigor del invierno, en el río más próximo, ó en el mar, si no estaba á más de una legua del pueblo... Te aseguro que en punto á cencerradas se han hecho primores en este país; y sin salir de Santander te pudiera citar tres muy célebres... En fin, hombre, yo he visto aquí una cencerrada ¡de caballería! Sí, señor: á caballo, formados en escuadrón y con trajes históricos, iban los directores y principales ejecutantes de la sinfonía. ¿Quieres más?... Pero observo que te sobra con lo que estás viendo y que deseas alejarte de aquí; y como á mí me sucede lo propio, nos vamos con nuestras meditaciones á otra parte.

El mercado de Atarazanas. Bajo esta gótica ó morisca socarreña en que durante el día se venden frutas, harina y otros excesos al pormenor, vendrán á reunirse muy pronto, con los farolillos encendidos, que colocarán en fila junto á los respectivos chuzos, los serenos que á la primera campanada de las diez se dispersarán por la ciudad á cumplir su canora y nocturna obligación.

Pasamos por debajo del puente que, si mal no recuerdo, también se llama de Vargas, en conmemoración de la susodicha batalla, y me complazco en poder ofrecerte un espectáculo que te ha de borrar la desagradable impresión que conservas del de la cencerrada que aún se oye desde aquí. Y cuenta que no aludo al flamante pedestal que se alza en el centro de ésta también nueva plaza, construída sobre la antigua dársena, esperando pacientísimo la estatua, que nunca acaba de fundirse, de nuestro heroico paisano don Pedro Velarde, y á la cual ha de servir de base: refiérome al espectáculo que nos ofrece la naturaleza en este momento, y en el que, según observo, te has fijado ya; espectáculo frecuentísimo en Santander en las noches de otoño.—Mas, para que le aprecies en toda su magnificencia, hemos de colocarnos sobre aquel negro promontorio de enfrente, que es el famoso paredón del Muelle de las Naos.

Ya estamos en el verdadero punto de vista. Tiende la tuya en derredor y dime si has admirado muchos cuadros más bellos que éste. La luna en toda su plenitud, sin una sola nube que empañe su claridad, reflejándose en el verdoso cristal de la bahía, produce sobre ella una ancha faja de luz inquieta y fosforescente que, naciendo en la angosta embocadura de San Martín, viene á perderse entre el bosque flotante de naves, que cerca de nosotros parecen dormitar, como si reponiendo estuvieran sus bríos para lanzarse mañana á luchar de nuevo con las tempestades del embravecido Océano. Como barreras de este líquido inmenso espejo, allá la negra mole de Cabarga, el gracioso pico de Solares, los cerros ondulantes del Puntal, Pedreña, Guarnizo y Muriedas, y más lejos las elevadas crestas del Asón y del Escudo limitando el horizonte; acá la larga fila de monumentales edificios iluminados por la pálida luz del astro y mirándose en las tranquilas aguas que lamen los pulidos sillares del muelle, y las colinas de Molnedo hasta el breve promontorio sobre el cual alza su joroba el desmantelado castillo de San Martín, como inválido, inútil centinela del puerto. Óyese el canto melancólico del remero, y el ruido lejano del mar, y el acompasado martilleo del molinete, y el susurro de las aguas; y como complemento de este panorama sublime y animado, mira una diadema de nubes de oro y escarlata sobre el azul purísimo del cielo, pugnando inútilmente por ceñir más de cerca el disco luminoso de la luna...

Yo no he visto las noches del Bósforo, ni las de Nápoles, ni otras cien noches más que los poetas melenudos y los touristas de hoy han hecho célebres en teatros, libros y salones; pero sí he observado que en todos y cada uno de esos cuadros fantásticos y encantadores entran, como elementos componentes, los que ahora estamos admirando: la luna plateada, la barquilla ó la góndola surcando la tranquila superficie de las aguas, los reflejos, los tornasoles y hasta torrentes de luz juguetona, las montañas, la brisa, los palacios... De donde yo deduzco que en Venecia, en Nápoles ó en Constantinopla podrá haber noches poéticas hasta donde tú quieras, pero no más que las de Santander.